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El libro de la semana: “Contra el odio”

9 junio, 2017

¿Hay un giro afectivo en la retórica política? El éxito clamoroso de la noción de posverdad -la palabra del 2016, según el Oxford Dictionary- parece indicar al menos que lo hay en la escena de la comunicación, donde los "hechos duros" -si es que los hay, si es que alguna vez los hubo- vienen dejando paso a estados e impulsos más o menos vaporosos, irracionales y vehementes: "emociones", "impresiones", "reacciones espontáneas", cuando no a la mentira, la difamación o la injuria a secas. La proliferación de comillas no es una buena señal. Señala, al menos, el incremento en la tasa de desconfianza disparado por una cuestión que, sin embargo, ocupa el centro del debate político-periodístico al menos desde la asunción de Donald Trump al poder, o desde la tragedia griega, para no sobrealimentar la absorbente vanidad del presidente americano, tan proclive, siempre, a engordar jovialmente con cada perdigonazo que se le propina.Digamos, en todo caso, que hacía tiempo que las pasiones tristes no eran tan visibles, y sobre todo tan escuchadas (es decir: votadas), como ahora. Cuando la escritora y periodista alemana Carolin Emcke elige escribir un libro sobre un objeto como el odio, lo que tiene en mente es un arco político-afectivo amplio, ubicuo, versátil y sobre todo muy contemporáneo, habitado por fenómenos heterogéneos pero emparentados, donde el encumbramiento de las derechas xenófobas en el Primer Mundo se codea con las estilizadas carnicerías del Estado Islámico, los abusos policiales contra minorías étnicas o sexuales compiten en brutalidad con la hostilidad hacia inmigrantes y refugiados y el revival de las polarizaciones viriles (nosotros/ellos, propio/ajeno, puro/impuro, auténtico/falso, etc.) se completa con un repertorio de maneras puras y duras de "resolverlas", desde el bullying y la patologización hasta soluciones más expeditivas como la masacre de la discoteca gay Pulse de Orlando de junio de 2016. El cast de performances fóbicas es fácilmente nacionalizable, de ahí la resonancia perturbadora del libro de Emcke entre nosotros: ¿por qué no incluir la pasión femicida que campea en los hogares argentinos? ¿Por qué no el "yegua", el "Videla volvé", el "Viuda Negra" y demás perlas del arte de injuriar del que fuera (y es) blanco alborozado Cristina Fernández de Kirchner, minuciosamente recopiladas en 2014 en la instalación Diarios del odio de Roberto Jacoby y Syd Krochmalny? (uno de los injuriadores anónimos, de hecho, ya entreveía el costado conexión global del odio cuando pedía a gritos: "¡Que el grupo Isis mate a la Yegua!").Emcke no se mete directamente con el problema de las redes sociales, pero no es difícil intuir hasta qué punto el tema pone en alerta su sistema de alarmas. El auge de la posverdad es inseparable de la entronización de Facebook y Twitter como neoparaísos de la espontaneidad, la inmediatez y la primera persona, fachadas que encubren, en rigor, verdaderas fábricas contemporáneas de odio que los medios tradicionales usan con fruición, como si fueran agencias de noticias o más bien servicios meteorológicos, cuyos pronósticos reproducen para hacerse eco del "clima", la "sensación térmica", la "atmósfera anímica" de la sociedad. No es sólo el odio -su lógica, su modo de funcionar, su fuerza de propagación- lo que intriga a Emcke; es también, y sobre todo, su transparencia, su pasmosa comunicabilidad, su exhibicionismo: el modo en que pasó de ser un impulso culpable, reprimido, condenado a lo sumo a traicionarse en actings espasmódicos, a una pasión que no teme decir su nombre, una pasión oficial, un programa de gobierno, con sus votos, sus instituciones, su orgullo y hasta su aterradora razonabilidad.Una de las fisonomías más razonables (y quizá más argentinas) que adopta el sujeto odiante es lo que Emcke llama "el ciudadano preocupado", prodigio de visceralidad prepolítica en el que un sentimiento sin filtro -incomodidad, alarma, escándalo, indignación, sensación de ultraje o atropello-, contra todo lo que podría esperarse, se vuelve intocable y se convierte en una categoría política por el hecho mismo que debería impedírselo -el hecho, precisamente, de no tener filtro. Es él, ese "hombre cualquiera", aspirante a energúmeno disfrazado de civismo inimputable, más que los jefes de Estado, los hombres políticos o los ideólogos profesionales, el verdadero portador del odio que examina la lupa implacable de Emcke: el reactivo, el vociferante, el que clama a gritos por soluciones definitivas, el que desenfunda sus derechos de ciudadano -como cierto famoso jerarca nazi su revólver- cuando alguien osa no suscribir su ira y, peor aún, poner en cuestión las razones en las que se funda.En tres de los cuatro casos que Emcke elige para leer el odio en acción palpita ese monstruo de imprecisión e irresponsabilidad. Hay decenas de "ciudadanos preocupados", sin duda, bajo la piel de la horda de fanáticos que, al grito de "¡Nosotros somos el pueblo!", bloquean el paso de un autobús cargado de refugiados sirios en el villorrio de Clausnitz; los hay también, ahora uniformados y armados (el outfit con que sueña la preocupación de todo ciudadano preocupado), en el grupo de policías de Staten Island que -sin ninguna razón- acorrala e inmoviliza, provocándole la muerte ("No puedo respirar"), al afroamericano Eric Garner frente al Bay Salon de Tompkinsville; y son todos ciudadanos preocupados (por el respeto a la "naturalidad" de los géneros, por el cumplimiento de las reglas de la normalidad sexual) los que patologizan a las transexuales como Caitlyn Jenner para neutralizar la inquietud, las preguntas, el miedo que les provoca su ambivalencia.En los tres se verifica la lógica que Emcke descifra, gracias a la literatura, en esas formas contemporáneas del odio que "declaran «extraños» u «hostiles» a determinados individuos o grupos enteros y los excluyen de una comunidad de derecho". Es una lógica doble: por un lado, el odio invisibiliza e hipervisibiliza a la vez, niega al otro y al mismo tiempo lo exalta como monstruo, lo hace desaparecer, pero no sin hacerlo brillar, antes de apretar el gatillo, en el centro de su mira. La otra articulación es igualmente paradojal, y viene de la literatura. Es la pista de Shakespeare la que sigue Emcke aquí, no la de Maquiavelo, Bentham, Arendt o Sloterdijk. En un momento de "Sueño de una noche de verano", recuerda Emcke, Titania, la reina de las hadas, se ha quedado dormida en el bosque, y Puck, el pícaro de la obra, vierte sobre sus párpados un filtro de amor infalible, que la enamorará instantáneamente de la primera criatura que vea al despertar -en su caso, el pobre, deforme Lanzadera, un inocente tejedor que ha sido convertido en asno por ardides parecidos a los que ensortijaron a la reina. La enamorada Titania, dice Emcke, confunde dos cosas: el objeto de su amor (el asno) con la causa de su amor (el elixir); no ve -y esa ceguera, constitutiva del amor, ta
mbién lo es del odio- hasta qué punto son distintos. Emcke dice que el odio calca de algún modo esa lógica (como a su vez el ciudadano preocupado, con su arrogancia, su falta de precisión, su capacidad para fabricarse objetos a medida, calca y pervierte las cualidades del enamorado): los ciudadanos preocupados confunden los objetos de su odio con su causa; creen que los refugiados sirios, los gordos negros que vagan en la calle o las chicas trans son la causa de su odio, cuando en rigor no son sino su objeto. Pero es esa confusión, precisamente, la que anima el trabajo del odio, que identifica el ser sirio, el ser negro-gordo-mal vestido o el ser trans con la razón primera de su resentimiento. (En otro ejemplo casi freudiano, Emcke razona los ataques sufridos por un campo de refugiados en Döbeln evocando la fábrica de equipos de seguridad que funcionaba en la sede del campo, cerrada años antes, y a los obreros que quedaron en la calle a raíz del cierre, muchos de los cuales participaban activamente del hostigamiento contra el campo.) Todo el trabajo de Emcke consiste en reconstruir, distinguiéndolos, los caminos paralelos pero divergentes, esencialmente heterogéneos, del objeto y de la causa. Es un trabajo cien por ciento político: se trata de razonar los motivos, los contextos, las tradiciones ideológicas, las creencias, los valores, los esquemas de percepción, los prejuicios que permiten, promueven y explican que un objeto dado (un otro, la esencia de un otro) se transforme en una causa de odio y se cristalice como tal. En palabras de Emcke, "responder al esencialismo de los fanáticos con una crítica de las estructuras y las condiciones que los hacen posibles". Deconstruir valores-bandera del odio como la homogeneidad, la pureza o la originalidad, recordando hasta qué punto son construcciones y no datos, es el punto de partida de esa crítica.¿Cuáles son los antídotos que propone "Contra el odio"? Básicamente tres (que Emcke describe y ejecuta con una elegancia y un rigor formidables): la precisión (de la observación, el análisis, el trabajo de descomposición "del odio en todas sus partes", pero también la precisión de la sutileza, el matiz y el autocuestionamiento), la ironía (única figura de pensamiento capaz de comprender -sin reducirlos- los fenómenos de ambivalencia, las paradojas, las conversiones prodigiosas que están en el corazón del odio contemporáneo), la imaginación (arma clave a la hora de burlar las trampas de la polarización y la persuasión de los estereotipos). Si un libro como "Contra el odio" depara no sólo lucidez sino fervor, una extraña forma de alegría crítica, es quizá porque Emcke actúa ella misma, cuando piensa y escribe, lo que dice que sería bueno, útil, eficaz, para no sucumbir al infierno de rencor en que está transformándose la vida pública en Occidente. Formada en la filosofía -la cita de Derrida que abre el libro tutela discretamente la sutileza con que lidia con las palabras- y la corresponsalía de guerra -ocho años reportando para Der Spiegel desde Afganistán, Gaza, Irak y el Líbano-, Emcke combina dos escrituras, dos posiciones, dos tonos que rara vez se potencian juntos en una página impresa (y que en Emcke parecen anverso y reverso de una misma determinación): la paciencia analítica y la urgencia, la crítica y el grito de alarma, el placer lento del ensayo y la ética urgente del parte de guerra o la barricada.Alan PaulsAutor

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