Señora Directora: Desde los inicios institucionales de la Argentina se insistió –salvo alguna inevitable excepción– sobre la necesidad de contar con una Justicia imparcial e independiente, sin compromisos con los gobernantes de turno. Además de cierta “perpetuidad” en el cargo que permita una continuidad que brinde seguridad a quienes a ella recurren. Pero en su historia y la experiencia no se observa ese comportamiento y, peor aún, parece haberse enquistado una corporación judicial poco propensa a los cambios y, particularmente, lejana a la equidad y rectitud que de ella se espera.Sigue siendo la del “Martín Fierro”, donde el ladrón de gallinas es más peligroso que el que para cometer sus felonías utiliza guantes blancos. Y esa desigualdad también se observa en aquellos casos que interesan al gobernante ocasional al que se exculpa de su corrupción desmedida, en tanto se juzga por cuestiones similares a los que han perdido el ejercicio de ese gobierno. En más de 150 años se ha venido repitiendo esa realidad, así como una clara pertenencia a sectores tradicionales que tienen mayor poder.





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