Elena llamó a su hijo varias veces, descendió hasta apoyar los pies desnudos sobre el ardiente suelo. -¡Mariano!- insistió.El mediodía difuminaba los tacuaruzúes fundiéndolos con los gigantes del monte.Preguntó a sus hijas, inspiró hondo y cruzó los límites hasta las ortigas bravas, que crecían entre caraguatás, helechos y güembés en derredor al rancho. Adentrada en el monte, comprobó que el niño no estaba.Hacía un minuto lo había visto jugar tranquilo con alguna rama e improvisados juguetes hechos de imaginación. Tenía sólo dos años. Medía medio metro, con ojos oscuros contrastados por pajosos y amarillos cabellos. Y esa sonrisa de niño pícaro entre mejillas pinceladas de tierra roja.Desesperada avisó a vecinos, amigos y luego a la policía que también comenzó a buscarlo. Temiendo que al gurisito le hubiera “picado una víbora” o tragado alguna fiera, el padre se unió a la empresa.Los agentes de policía penetraron más profundo en el monte, otros volvían sin noticias y cada vez más cansados.Otra cuadrilla exangüe regresó blandiendo machetes empapados en savia verde y barro. Cabizbajos evitaban los ojos de la madre. Recorrían revisando ya kilómetros dentro del monte, matando víboras, sorteando arroyos, abriendo trillos al filo y con sus manos. Al morir las horas, la esperanza de Elena poco a poco resignaba.Pero al atardecer cuando un revoloteo de linternas junto al vocerío de hombres se aproximaban a la casa desde el estómago de la selva, Elena se agitó, corrió, tropezó y volvió a levantarse en el mismo segundo.Su niño venía envuelto en una chaqueta policial y llorando lo apretujó entre sus brazos. No lo soltó hasta haber regresado al rancho.Y mientras lo hacía escuchó los comentarios, “estaba a ocho kilómetros de acá, durmiendo dentro de un pozo de casi dos metros”. A la luz de una vela, Elena inspeccionó a Mariano. Seguía igual de sucio, pero no tenía heridas, ni parecía haber sufrido hambre. ………¿Cómo te perdiste bebé? ¿Cómo llegaste tan lejos?El niño la miró fijo.Sonrió con inocencia.Y respondió con una sola palabra.-Yasy Lucas Yuge • Escritor, poeta. • Directivo de Flor del Desierto Nació en 1986, en Jardín América. En 2004 se muda a Posadas, donde en 2007 se recibe de Enfermero en la Universidad Nacional de Misiones. En 2011 integra el poemario "4 Corazones" junto a Laura Kachorroski y en 2012 es seleccionado en el certamen de cuento y poesía de Editorial Dunken para formar parte de la "Selección de las Provincias". En 2013 edita "La Cueva del Lagarto" junto a Laura Kachorroski. Además de la literatura sus intereses abarcan la divulgación científica y la música. Actualmente trabaja para una multinacional como Técnico en Hemodiálisis y Plasmaféresis. RottweilerLlegué ante aquel voluminoso portón oxidado, la llovizna caía infame sobre el noctámbulo barrio sin nadie alrededor, solo una que otra cortina corriéndose unos centímetros para espiar mi presencia allí. Fallidamente intenté introducir la llave dentro de su carcomido candado, era difícil alcanzarlo en la oscuridad de la noche, la tenue cellizca y una brisa impávida hacían resbalar el metal. Mis pisadas sonaban gomosas al surcar el oscuro pasillo de impresionantes paredes que resistían a un último intento por dejar pasar la luz. El silbido del viento direccionaba las microgotas de lluvia entre nimbos monstruosos de borrasca, espeluznantes sombras de viejas plantas y ahuecados ladrillos embebidos en escarcha se abrían paso para finalizar sobre una antigua puerta de aluminio. El chirrido de sus bisagras abriéndose escalpabacomo gritos agudos de hienas afilando sus pezuñas en el interior de mi cráneo. La casa trás aquel umbral parecía guardar varios siglos, entre las ventanas que al impulso del viento resonaban con golpeteos violentos simulando desesperados golpes de puño, exaltando aún más el misterio entre sus habitaciones.Otro rechinamiento estremecedor al abrir su puerta principal, las huellas de barro fueron quedando al avanzar hacia la cocina mientras arrastro la sensación de mil ojos ignotos observándolo todo desde oscuros cuartos. Manoteando entre las paredes encontré los interruptores quienes devolvieron un poco de racionalidad a la situación, bajo la luz tomé el opaco paquete. Desparramé con mis dedos aquel contenido grisáceo y lo deposité en un plato. Unos ojos brillaban en el patio trasero, la cristalina baba derramada sobre el césped reclamaba el diario alimento.Era un desconocido y los gruñidos no se hicieron esperar, pero su apetito era voraz y prefirió engullirse el contenido.Coloqué agua en un tazón y aproveché para huir.Zapando mil ojos desde habitaciones siniestras, cerrando puertas tras chirridos estremecedores, atravesando gotas de lluvia en el devenir del oscuro, frío y ahuecado pasillo.Después de cerrar el gran portón saqué el celular, “¡Hola! Sí, acabo de dárselo. Por cierto… ¿Te dije que tienes una casa hermosa?”




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