POSADAS. Mabel Rivero es una luchadora incansable. Marcada a fuego desde que tenía un año, cuando su madre la abandonó, no paró de pelear en todo este tiempo. Su mayor lucha, al menos la más conocida, es la que tuvo en varias oportunidades como líder de la “familia policial”. Además, como PRIMERA EDICIÓN publicó el último jueves, lleva adelante una odisea por Nicolás, su hijo de 16 años, que nació con parálisis cerebral y debe ser asistido periódicamente ante las trabas de la burocracia sindical.Pocos lo saben, pero Mabel hasta esta semana también era protagonista de una tercera pelea que llegó a buen puerto. Ella es la mamá de Javier Bucek, el hijo que perdió en aguas del Paraná.“El miércoles, cuando me dieron la noticia, sentí que por fin enterré a mi hijo, porque era como que lo tenía colgado de mi cuello. Por eso, cuando me enteré, tuve la sensación de que realmente nos soltamos, que el finamente pudo partir en paz y yo también quedé en paz”, le dijo Mabel a este diario ayer, en diálogo telefónico.Casualidad o no, el destino quiso que la mujer recibiera la noticia del fallo en un sanatorio del centro posadeño, donde tiene internado a Nicolás. Allí estaba junto a varias mujeres de la denominada “familia policial”. Sus tres mayores luchas coincidieron en día y horario.“Estoy conforme con el fallo, porque yo quería justicia. No me interesa el dinero, pero quería que se condene, que la Justicia encontrara responsables. Y están todos condenados”, explicó Rivero, todavía conmovida.La historia de Mabel no es fácil de contar. Cuando tenía un año, fue abandonada por su madre en Posadas. La adoptó una mujer policía que le transmitió el cariño por el uniforme. Quizás por eso, uno de sus hijos entró a la fuerza. Desde hace años, lidera los reclamos policiales de los últimos años en busca de mejores condiciones laborales.Sin embargo, pocos conocían otra de sus tantas luchas, la de Javier Bucek, su otro hijo. “Cuando el murió, yo empecé a buscar reglamentos y salí a la prensa, pero era uno solo y nadie ‘me dio pelota’. Pero cuando empezamos a mandar cartas documento a cada responsable, enseguida la Confederación le quitó la licencia a la Asociación Aguas Abiertas”, contó la mujer, en un dato no menor: tres años después, la misma organización se vería investigada por la muerte de los ocho nadadores de la denominada “Tragedia del Paraná”, ocurrida el 16 de enero de 2010.Sólo Mabel sabe por lo que pasó en estos siete años. “No hubo un día de mi vida en el que no le haya pedido a Dios por justicia, paciencia y valor para soportar todos los vaivenes que significa tener un expediente en la Justicia”, asegura, aferrada a la fe que la mantuvo con fuerzas durante toda su vida.Y la reflexión final es el mejor mensaje contra el desánimo. “No existe el tiempo cuando la lucha vale la pena”, comenta Mabel desde la habitación del sanatorio céntrico, donde no baja los brazos y sigue luchando. Lo que mejor sabe hacer. El sueño del estudiante que iba a viajar a CubaJavier Bucek tenía 21 años cuando la muerte lo encontró en las aguas turbias del Paraná. Sin saberlo, su deceso marcaría un alerta que nadie escuchó hasta enero de 2010, cuando ocho deportistas perdieron la vida en la fatídica “Tragedia del Paraná”.Cuando el río se lo llevó para siempre, el joven estudiaba la Licenciatura en Genética, en la Facultad de Ciencias Exactas, Químicas y Naturales de la Universidad Nacional de Misiones.Estaba en primer año, es cierto, pero todo indicaba que tenía futuro en esa especialidad. El dato que fundamenta eso es la beca que había obtenido para seguir sus estudios en Cuba.“Él quería ser un profesional de la genética. Justo cuando murió había obtenido una beca para ir a estudiar a Cuba”, contó ayer Mabel Rivero, su madre, emocionada al recordar a quien en vida fuera su hijo mayor.Pero además de esas ganas, Javier tenía otro motivo para recibirse y trabajar en lo que más le gustaba. “Decía que quería recibirse y ser el mejor profesional de la genética para ayudar a Nicolás, su hermano, en su patología”, revela ahora su mamá, que también cuenta que Javier le prometía ayudarla y comprarle la casita que la familia nunca tuvo cuando se reciba y pueda trabajar.Cuando murió, Mabel recuerda que su hijo, postrado en una silla de ruedas, le dijo palabras que jamás pudo olvidar: “Qué lástima que se lo llevó a Javier y no a mí, que no sirvo para nada”. Pero esas palabras, esa muerte, no hicieron más que apuntalar la lucha de la mujer, que sigue peleando ahora por Nicolás.





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