El debate por la baja de la edad de imputabilidad volvió a instalarse con fuerza, pero desde la Iglesia insisten en que la discusión corre el riesgo de quedarse en lo superficial si se reduce a un número. En una entrevista con FM 89.3 Santa María de las Misiones, el padre Alberto Barros, vicepresidente de Cáritas Diocesana de Posadas, planteó que “la edad no resuelve nada” y reclamó un abordaje integral que incluya prevención, educación, acompañamiento y un sistema penal juvenil que no sea solo punitivo.
Barros recordó que, en los últimos días, la Iglesia difundió dos documentos sobre el tema: uno de la Comisión Episcopal de Pastoral Social y otro de la Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal, en nombre de todos los obispos. El mensaje central, dijo, es que se necesita “un debate mucho más profundo, en serio, ante un tema tan complejo”.
Uno de los puntos que destacó el sacerdote fue el título elegido por la Comisión Ejecutiva: “Para los jóvenes, más educación, más comunidad”. Para Barros, esa formulación saca el eje del castigo y lo desplaza hacia la construcción social.
“Quedarse en un debate con el tema de la edad… parece que se pelean para ver quién es más duro: a los 13, a los 12 llegaron a decir”, advirtió. Y fue directo: “El tema no pasa por la edad; la edad no resuelve nada”. Desde su mirada, concentrarse en “hasta dónde bajamos” y “a partir de qué edad un chico es imputable” es caer en planteos simplistas y “entrar en el juego de la superficialidad”.
También señaló que muchas veces se trata de eslóganes políticos y de un clima donde “está de moda hacerse el duro”, con un sector social que consume discursos de “mano dura” aunque, dijo, “no se termina de entender qué significa”.
Además, Barros buscó despejar una discusión recurrente: la idea de que la Iglesia “defiende delincuentes”. Lo rechazó con fuerza. Dijo que los obispos aclararon que la Iglesia “siempre va a estar cercana al dolor desgarrador de las familias víctimas de estos delitos”, y que acompañará “a las víctimas de todo tipo”: de delitos, opresiones, injusticias, abusos laborales, políticos, económicos y sexuales.
“Después hablamos de qué hacemos con menores que cometen delitos”, explicó. Para él, no es una cosa o la otra: se puede y se debe estar del lado de las víctimas, y al mismo tiempo debatir qué respuesta social y estatal corresponde para los chicos que delinquen. “Hay que estar en los dos lados”, sintetizó.
Luego enmarcó el debate como parte de una tendencia: “Está de moda en ciertos sectores del mundo”, dijo, y afirmó que en algunos espacios se busca “imitar lo peor” de lo que llamó “el Imperio del Norte”: mano dura, persecución, la idea de que “todo se arregla a los tiros, a los bombazos”.
A su juicio, es “fulvito para la tribuna” -citó así a su padre-: un recurso de relato que vende políticamente, pero que no soluciona el problema.

Prevenir antes del delito: anticiparse, educar, acompañar
Según el sacerdote, la clave del documento episcopal está en cuatro verbos: anticiparse, prevenir, educar y acompañar (los mencionó como núcleo del abordaje). Traducido: preguntarse qué hacer para que un chico no llegue al delito.
Ahí mencionó factores concretos como falta de oportunidades y chicos fuera del sistema escolar; el “estrago” del consumo de drogas, sobre todo en barrios vulnerables; un escenario de pesimismo y desesperanza y familias desarticuladas sin capacidad de contención.
Sin embargo, hizo una aclaración importante, para evitar estigmas: que exista pobreza o adicción no convierte a una persona en delincuente. “De ninguna manera”, remarcó.
Sobre el narcotráfico, cuestionó el contraste entre discurso y realidad: dijo que se hace “un show” -puso como ejemplo “300 metros de alambre en Salta”- mientras “la droga entra por todos lados”, el narcotráfico crece y el consumo también. “Tenemos un problema cada vez mayor”, advirtió.
La charla derivó en el debate en torno a la convivencia, la crianza y los límites, incluso mencionando la idea de “generación de cristal” y la sensación de que hoy “no se puede retar” a los chicos, a lo que Barros respondió que falla “en general todo”: hay una disgregación familiar y social y “los chicos están muy a la deriva”. Volvió a los verbos del documento y advirtió que prevenir y acompañar requiere tiempo y esfuerzo del mundo adulto. Y habló de límites.
Incluso recordó que cuando era chico y hacía berrinches, “por ahí me agarraban, me ponían bajo una canilla de agua fría y se me pasaba”. Lo usó para marcar que hoy falta la claridad del “esto no / esto sí” y que esa tarea -sostuvo- involucra a todos: escuela, familia, Iglesia y Estado.
Pero no es solo eso, sino que amplió el diagnóstico hacia el ambiente cultural: dijo que hoy hay contextos donde se normaliza el odio, los discursos violentos, la lógica del insulto, las redes agresivas, la calumnia y la mentira.

En ese marco, señaló que un chico que se forma en ese clima puede sentir que está habilitado a insultar, despreciar o ser violento con el otro “porque es pobre, migrante, piensa distinto o tiene opciones sexuales diferentes”. Y advirtió que ese ambiente, que según él “baja muchas veces de funcionarios de primera línea”, no educa ni previene.
“Cambiar todo eso llevará un montón de tiempo”, admitió, pero insistió en que no se arregla bajando la edad de imputabilidad.
Lejos de plantear inacción, el sacerdote remarcó que la Iglesia sí propone revisar el sistema: habló de un régimen penal juvenil adecuado, trabajado desde una perspectiva “humana integral” y “abierta a la esperanza”, con la idea de que el chico puede reinsertarse.
Ahí volvió otro eje: la economía. Señaló que la crisis económica “brutal” pone a las familias en tensión permanente y contó -desde su experiencia sacerdotal- que creció el acompañamiento a matrimonios en crisis por deudas y conflictos. “Los adultos están en otra cosa con urgencias… y los chicos andan a la deriva”, describió.
Cuando le preguntaron cuánto puede llevar un cambio así, dijo sin vueltas: décadas. Y sumó que en Argentina se alimenta el enfrentamiento, porque la política descubrió que “conviene crearse enemigos”, fomentar odio, como si eso “vendiera”, mientras el diálogo y el consenso parecen no cotizar.
Al ser consultado por los recursos en un contexto de ajuste, señaló que los obispos -sin usar la palabra- interpelan el escenario de “motosierra”: si no hay dinero para cosas esenciales que debería hacer el Estado (mencionó, como ejemplo, los incendios en el sur), entonces surgen preguntas duras como por ejemplo: ¿dónde van a ir estos chicos?, ¿cómo se los va a educar y reinsertar?, ¿qué personal se necesita? y ¿cómo se financiará todo esto?
Incluso marcó una contradicción: si los penales actuales ya tienen déficits para la reinserción, “¿cómo vamos a pensar en menores si no resolvimos ni siquiera los penales de adultos?” y remarcó: “Si al inocente lo tratás mal, ¿cómo vas a tratar al culpable?”
Misiones: la experiencia CeMoAS como alternativa a la cárcel
En el tramo local (enfoque 3), Barros afirmó que en Misiones existe una experiencia interesante con adolescentes en conflicto con la ley: los Centros Modelo de Asistencia y Seguimiento de Niños, Niñas y Adolescentes (CeMoAS).
Contó que funcionan desde hace algunos años; que un juez de menores puede derivar allí; y que en su experiencia -dijo que fue varias veces, incluso al del barrio San Gerardo– vio chicos de 14, 15 y 16 años que habían cometido delitos y atravesaban procesos que no son la cárcel tradicional.
Contó que están administrados por el Servicio Penitenciario y el Ministerio de Adicciones provincial, que no hay penitenciarios con uniforme ni armas a la vista, ya que el contexto busca ser amigable; hay rejas y control, pero se desarrollan actividades deportivas y escolares; se trabaja el tema adicciones, dado que “todos” presentan consumo; si la familia de origen no es conveniente, se buscan alternativas, y hay equipos profesionales y apoyo, incluso capellanes. Los definió como una salida perfectible, pero real: “algo hay para los menores que cometen delitos y que no es la cárcel”.
Finalmente, Barros insistió en no caer en la “chiquitada” del número y volvió al lema pastoral: más oportunidades, menos penas.




