El 4 de febrero de 1972, la policía bonaerense detuvo a Carlos Eduardo Robledo Puch, el hombre que con el tiempo sería conocido como el mayor asesino serial de la historia criminal argentina. Tenía apenas 20 años, pero ya cargaba con una cadena de crímenes que conmocionó al país.
Robledo Puch fue arrestado tras una investigación que logró vincularlo con una serie de robos seguidos de homicidio, cometidos junto a distintos cómplices entre 1971 y comienzos de 1972. La detención puso fin a una escalada de violencia que incluía once asesinatos comprobados, aunque el número real de víctimas sigue siendo objeto de debate.
El impacto social del caso fue inmediato. No solo por la brutalidad de los crímenes, sino por el perfil del acusado: joven, de apariencia cuidada, sin antecedentes penales previos, y capaz de llevar una vida aparentemente normal mientras cometía los delitos. Esa contradicción alimentó durante décadas el interés público y mediático.
Tras el juicio, Robledo Puch fue condenado a reclusión perpetua, pena que cumple hasta el día de hoy. Con más de medio siglo tras las rejas, se convirtió en el preso con mayor tiempo continuo de encarcelamiento en la Argentina, un dato que vuelve su caso único también desde el punto de vista penitenciario.
A lo largo de los años, su figura fue objeto de libros, investigaciones periodísticas, estudios criminológicos y adaptaciones cinematográficas, como El Ángel (2018), que reavivó el debate sobre los límites entre el relato artístico y la glorificación del crimen.
Más allá del mito, el 4 de febrero de 1972 marca un punto final concreto: el día en que el asesino dejó de matar. Una fecha que recuerda no solo a un criminal extremo, sino también las falencias del sistema de prevención, el rol de la prensa y la persistente fascinación social por el mal.
Fuente: Agencia de Noticias NA





