El 4 de febrero de 2004, la Organización Mundial de la Salud anunció oficialmente que el brote de SARS (Síndrome Respiratorio Agudo Severo) estaba controlado, dando por cerrada una de las crisis sanitarias más inquietantes del inicio del siglo XXI.
El SARS había surgido a fines de 2002 en China y se propagó rápidamente por Asia, Europa y América del Norte, encendiendo alarmas globales por su alta tasa de mortalidad -cercana al 10%- y por la velocidad de contagio en entornos urbanos densamente poblados. En total, se registraron más de 8.000 casos y casi 800 muertes en 26 países.
La epidemia obligó a implementar, por primera vez de manera coordinada a escala global, medidas de aislamiento, rastreo de contactos, controles aeroportuarios y cuarentenas, herramientas que años más tarde volverían a ocupar un lugar central durante la pandemia de COVID-19.
Uno de los aspectos más relevantes del SARS fue su impacto institucional. La crisis aceleró la modernización de los sistemas de vigilancia epidemiológica, fortaleció el rol de la OMS como autoridad sanitaria internacional y expuso las debilidades estructurales de muchos sistemas de salud frente a amenazas emergentes.
Aunque el virus fue contenido sin llegar a convertirse en pandemia, el SARS dejó una advertencia clara: el mundo estaba entrando en una era de riesgos sanitarios globales, estrechamente ligados a la movilidad internacional, la urbanización acelerada y la interacción entre humanos y fauna silvestre.
Dos décadas después, aquella declaración del 4 de febrero de 2004 adquiere un nuevo significado. Lo que entonces fue visto como una crisis excepcional, hoy se lee como el ensayo general de los desafíos sanitarios que marcarían al siglo XXI.
Fuente: Medios Digitales





