dicen que hay noches en las que el tiempo se vuelve más frágil. Noches en las que ciertas puertas, invisibles durante el resto del año, se entreabren apenas lo suficiente para dejar pasar algo que no pertenece a este lado. En Posadas, a fines de los años ochenta, un grupo de estudiantes aseguraba que esa grieta se abría cada víspera de San Juan.
Vivían en una vieja casona adaptada como pensión, con techos altos, pasillos largos y madera que crujía incluso cuando nadie caminaba sobre ella. Todas venían del interior, compartían estudios, comidas apuradas, risas nocturnas y la ansiedad por un futuro que parecía lejano. Como cada año, esa noche decidieron repetir los rituales tradicionales para descubrir qué les deparaba la vida.
Primero probaron los juegos más conocidos. Papeles quemados que formaban sombras con forma de nombres, anillos girando en vasos, preguntas susurradas entre carcajadas. El clima era festivo, casi infantil. Sin embargo, siempre aparecía el mismo tema que terminaba bajando el tono de las conversaciones…
El ritual del espejo
No era un juego popular. Se hablaba de él en voz baja, casi como una advertencia. La tradición indicaba que, exactamente a medianoche, alguien debía quedarse solo en una habitación completamente oscura, frente a un espejo antiguo, iluminado únicamente por una vela. El resto debía esperar afuera sin intervenir, sin golpear, sin llamar.
Según decían, el reflejo mostraba algo del destino.
O algo que jamás debía ser visto.
Durante horas bromearon sobre quién se animaría. Nadie parecía dispuesto hasta que Clara —la más reservada del grupo— anunció que lo haría. No dio explicaciones. Solo dijo que necesitaba saber algo.

Sus amigas intentaron disuadirla, pero ella ya estaba decidida. Caminó por el pasillo sosteniendo una vela que proyectaba sombras deformes contra las paredes. Entró en una de las habitaciones del fondo, donde había un espejo alto, de marco oscuro, que pertenecía a la casa desde antes de que la transformaran en pensión.
Cerró la puerta.
El reloj marcó las doce.
Afuera, el grupo aguardó entre risas nerviosas. Al principio todo parecía parte del juego. El tiempo avanzaba y comenzaron a especular sobre lo que Clara estaría viendo. Una dijo que seguramente fingía para asustarlas. Otra sugirió que saldría gritando en cualquier momento.
Pero pasaron los minutos.
Luego media hora.
Después una hora.
El silencio empezó a volverse incómodo. Nadie escuchaba movimientos dentro de la habitación. Ni pasos. Ni susurros. Ni siquiera el leve sonido de la cera cayendo.
Decidieron golpear la puerta.
No hubo respuesta.
Insistieron, primero con bromas, después con llamados más firmes. El aire del pasillo parecía haberse vuelto pesado, espeso. Una de ellas intentó abrir y descubrió que no estaba cerrada con llave.
La puerta se abrió lentamente.
La habitación estaba casi a oscuras, apenas iluminada por la llama temblorosa de la vela. El olor a cera quemada impregnaba el ambiente. Y allí estaba Clara.
De pie.
Frente al espejo.
Inmóvil.
Sus ojos permanecían abiertos, fijos, sin parpadear. Su piel tenía un tono ceniza que ninguna de ellas había visto jamás en un rostro humano. La vela estaba inclinada sobre su mano, dejando que la cera derretida corriera sobre sus dedos, pero ella no reaccionaba.
Ningún gesto. Ningún sonido. Ninguna respiración visible.
Intentaron hablarle. Sacudirla. Separarla del espejo. Su cuerpo estaba rígido, como si hubiera olvidado cómo moverse. Cuando una de sus amigas logró girarla apenas, notó algo que ninguna olvidaría jamás.
Clara no miraba la habitación.
Seguía mirando el reflejo.
Aunque su cuerpo ya no estaba frente al espejo.
El pánico se instaló de inmediato. Llamaron ayuda, gritaron, corrieron por el pasillo. Cuando finalmente llegaron los médicos, lograron llevarla, todavía en ese estado inexplicable. Nunca volvió a hablar.
Nunca volvió a reaccionar.
Los días siguientes, las estudiantes abandonaron la pensión. Algunas regresaron a sus pueblos. Otras cambiaron de residencia sin despedirse. Nadie quiso volver a dormir en esa casa. Mucho menos en aquella habitación.
Años después, quienes pasaron por allí aseguran que el espejo sigue en su lugar. Nadie sabe por qué jamás fue retirado. Algunos dicen que refleja el cuarto como si estuviera intacto, aunque haya sido remodelado varias veces.
Otros aseguran que, ciertas noches, la superficie no devuelve exactamente la misma imagen que hay delante.
Que a veces aparece una figura quieta, apenas visible, como esperando.
Y quienes conocen la historia coinciden en algo.
Hay preguntas que no deberían hacerse frente a un espejo.
Porque no siempre es el futuro lo que decide responder.





