“Indescriptible”. Sensación de gloria inimaginable. Son frases que utilizó el montañista Juan Andrés Wälti al hablar del momento en que pisó la cima en el Cerro Aconcagua, a 6.962 metros sobre el nivel del mar, tras once días de expedición. En diálogo con FM 89.3 Santa María de las Misiones aseguró que “es algo emocionante” y que al llegar a la cumbre “me senté y lloré unos diez minutos, pensando en los que me habían apoyado, en los que ya no están pero que me cuidan desde arriba, en mis amigos y en mí mismo, porque lo hice para demostrarme que era capaz”.
Contó que desempeña tareas en la parte administrativa de una empresa maderera y que la inquietud nació hace tres años, cuando viajó a Córdoba para conocer clientes. “Mientras veía qué cosas podía hacer en el mientras tanto, surgió lo de las montañas, lo hice para probar, como un pasatiempo. Arranqué de a poco, pero el Aconcagua no era uno de los objetivos. Lo veía como algo imposible o como algo muy lejano. Hablé con mi papá y le pregunté ‘¿qué pasa si subo al Aconcagua?’. Me respondió que no iba a subir nunca. Me decidí, aposté a todo, entrené fuerte, fui a una nutricionista, hice bien las cosas, y hoy estoy acá”, sintetizó el eldoradense.
Destacó que la preparación física y mental es muy importante. “Me preparé con dos profesores, uno en la parte de atletismo e iba al gimnasio, además de la parte nutricional porque tenés que saber qué podés comer, qué te cae mal. Hice muchas montañas antes, entonces aproveché para conocerme a mí mismo. Y la parte mental creo que es el 70% de la montaña, si vos no estás fuerte mentalmente, básicamente, no llegás”.
Sostuvo que la parte más difícil fue la travesía porque “son muchas horas, mucho ascenso. En un momento me empezó a pegar la altura, me empezaba a marear, y no me daba cuenta. Los guías evaluaron bajarme, pero pedí una oportunidad. A partir de ahí subí sin parar. Tuve mucho cuidado, me concentraba en los pasos que hacía, miraba bien, subía de a poco, pero esa parte fue muy dura. El único miedo que sentí fue cuando me quisieron bajar”.
El día que hicieron cumbre no tenían señal. Al día siguiente, “lo primero que hice fue mandar una foto a mi papá y escribí bien grande: ‘Lo logré’. Él estaba muy contento, pero, a la vez, muy preocupado”.
“Todavía no caigo, no entiendo la magnitud de lo que hice porque el Aconcagua es una montaña muy importante. Es la más alta de América y la más alta fuera del cordón del Himalaya. Hay gente de todas partes del mundo ahí arriba. Me encontré con rusos, españoles, iraníes, españoles, israelíes”, dijo, al describir la magnitud de su hazaña.
Al hablar de su próximo desafío, indicó que, si bien le gustaría el Everest, económicamente “es imposible para un argentino”, pero “hay varios que me gustaría hacer”. No descartó el Mont Blanc, el Monte Elbrús y el Kilimanjaro. “Esas tres son mis ideas de expedición”, confió, quien plantó la bandera de Eldorado en la cima, pero “no la pude dejar, porque las cosas que se dejan arriba se tiran. Para mí es muy importante porque toda mi familia es de aquí, nací aquí, me encanta mi ciudad y tengo un apego especial, estoy cómodo y nunca me iría”.
Jugador de básquet de pequeño y hasta los 19 años en el Club “El Coatí”, señaló que sintió el acompañamiento de toda la ciudad. “Tengo la bandera del gimnasio, firmada por los chicos, que fue una motivación importante. Mis amigos me escribían, querían saber cómo estaba, así que les mandaba alguna foto, algún video”.








