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¿Y ahora?

27 mayo, 2020

Aquel 11 de septiembre de 2001, mientras asistíamos atónitos por televisión al desplome de las Torres Gemelas de Nueva York, estábamos convencidos de ser testigos de un cambio de era histórica. Ni en nuestros análisis más psicodélicos podíamos imaginar que el fin del mundo como lo conocíamos llegaría recién casi dos décadas después, y a partir de una “simple” enfermedad.

En realidad, es lo que suele ocurrir. El paso de la Edad Moderna a la Contemporánea, que se suele atribuir a la Revolución Francesa (y ésta, a su vez, a un simple copamiento de una prisión, La Bastilla), tiene como verdadero eje la revolución industrial. Y si los viejos manuales referían la caída del Imperio Romano de Oriente como detonante del fin de la Edad Media y el inicio de la Moderna, parece claro ya que el verdadero cambio de rumbo de la historia lo provocó la llegada de los europeos a todo un continente desconocido para ellos como América.

Al fin y al cabo, nuestra mente individual y también nuestro imaginario colectivo están mucho más acomodados para percibir hechos concretos que procesos, que suelen ser un poco más abstractos.

Por eso tampoco faltarán los que sitúen el fin de la Edad Contemporánea en la invención de Internet hace ya más de medio siglo, de la misma forma que algunos -probablemente los mismos- insisten en enclavar el tránsito Medievo-Modernidad en el momento en que se inventó la imprenta, despreciando el hecho de que no son los artefactos los que modifican las sociedades, sino su generalización y el uso que se hace de ellos.

Por supuesto que todo fenómeno tiene sus antecedentes, que lo determinan y moldean. Así, no se podrían entender los alcances, la repercusión (y la posibilidad de respuesta) de la pandemia de COVID- 19 sin un mundo previamente interconectado de forma remota por el desarrollo de las nuevas tecnologías, de la misma forma que habría sido imposible su inserción y propagación (masiva, casi inmediata, generalizada y localizada al mismo tiempo) sin el creciente fenómeno de la globalización post Segunda Guerra Mundial.

En esa línea, también los atentados del 11-S se pueden entender como una condición necesaria (pero no suficiente) para decretar la implosión de la Edad Contemporánea y el surgimiento de la siguiente (aún en formación), pero no tanto como causa sino por sus efectos.

El primer ataque terrorista televisado en vivo de la historia (diez años después de la primera guerra transmitida minuto a minuto, en Irak) dejó como secuelas el pánico (efímero a nivel global y menos duradero de lo que se esperaba a nivel local), cambios en las costumbres a la hora de viajar, una redefinición del mapa geopolítico que pronto quedó también obsoleta (el “Eje del Mal” fue mucho menos consistente que el “Telón de Acero” y pronto fue reemplazado por la nueva amenaza oriental) y un reguero de muerte y destrucción por la respuesta militar estadounidense en “lucha contra el terror”. En ningún caso modificó toda la vida cotidiana de todo el mundo, como sí lo está haciendo este coronavirus.

Lo trascendente del 11-S, el poso que dejó a largo plazo y que se verifica de forma descarnada en esta crisis del COVID-19, es una dosis de paranoia (la sensación de que ya no existe “nuestra casa”, que ya nadie puede sentirse “seguro” en ningún lugar, que ya no hay “colchones” que nos amortigüen cuando estamos cayendo ni muros que nos parapeten ante cualquier amenaza) y otra dosis –recargada- de escepticismo: la certeza de que no nos cuentan toda la verdad ni todo lo que nos cuentan es cierto.

Así se moldea la “posverdad”, el reto al que nos enfrentamos como sociedades, como sistemas políticos, como comunicadores (todos somos hoy comunicadores, ya sea profesionales o amateurs) y como ciudadanos en esta génesis de la “nueva normalidad”.

El fenómeno de la posverdad no es nuevo y ya venía siendo fogoneado por líderes mesiánicos de todo el espectro ideológico. Tierraplanistas, antivacunas, negacionistas y conspiranoicos navegaron fluidamente en las redes sociales al tiempo que ciertos políticos atacaban sin pausa a los medios tradicionales, acusándolos de mentir con oscuros fines y promoviendo un nuevo criterio de veracidad: la verdad de uno mismo.

La eclosión de este fenómeno llegó con el “bicho” que ya anidó en más de 5 millones de personas conocidas (multiplique las desconocidas por diez) y se cobró casi 350 mil vidas en todo el planeta. La posverdad se tornó tan preocupante e ingobernable que hasta las plataformas digitales más influyentes (Google, Facebook, WhatsApp), que miraron para otro lado cuando miles de personas se enfermaban –y seguramente algunas de ellas morían- por negarse a ser vacunadas y cuando un grupúsculo de frikies escondidos en algún sótano de Europa del Este definía resultados electorales en grandes potencias mundiales, ahora se le pararon de manos a las “fake news” y empezaron a borrar o señalar aquellas publicaciones que contribuyen de forma maliciosa o involuntaria a la propagación del virus.

No son altruistas ni filántropos los gigantes de Internet. La buena noticia es que pusieron a andar su maquinaria porque la propia sociedad lo estaba demandando. Todos los estudios muestran el incremento exponencial de visitas a las páginas web de las cabeceras más tradicionales y reputadas de la prensa mundial, que recibieron el masivo trasvase de usuarios que hasta entonces consumían publicaciones de las redes sociales (“yo me informo sólo a través de Facebook y Twitter” era la respuesta más habitual en las encuestas hasta hace dos meses) y que, cuando vieron sus vidas en riesgo, decidieron buscar fuentes confiables de información.

“Las marcas se han convertido en una fortaleza durante la pandemia”, coinciden los expertos. Por primera vez en mucho tiempo, lo que estás haciendo ahora no tiene tanto valor como lo que sos, es decir, lo que hiciste anteriormente. Por primera vez en mucho tiempo, la fama es más importante que la popularidad.

Mucha gente sigue compartiendo muchas publicaciones falsas, es cierto. La desinformación de la sociedad –desnuda a través de sus conductas- está muy generalizada. Es cierto. Tal vez esa sea la gran “guerra” que se viene en esta era poscontemporánea: la batalla entre la verdad y la posverdad por la supremacía de la “masa crítica”, esa que definirá el devenir de la humanidad en las próximas centurias. Una guerra tan anciana como la propia humanidad y una batalla que se librará ahora, de forma casi excluyente, en el terreno de las nuevas tecnologías. De nuevo, la diferencia no la hacen las herramientas sino el uso que se les da.

Porque si algo dejó en claro esta crisis del COVID es que la “nueva normalidad” no consiste en barbijos, saludos con el codo ni clases y reuniones de funcionarios por zoom. Las nuevas tecnologías serán determinantes, pero no decisivas.

Nos iremos acostumbrando al miedo y éste se irá diluyendo a fuerza de dejar de prestarle atención. La naturaleza volverá a poblarse de turistas y la maquinaria productiva deberá reactivarse, ya sea de forma presencial o remota. El humo y la contaminación reconquistarán las ciudades y el tránsito volverá a matar más gente que cualquier enfermedad. Los chicos imperiosamente volverán a las aulas (porque la socialización humana es clave para la formación) y los adultos – bueno, también los chicos- repoblarán los bares.

Pero, al mismo tiempo, nada de esto volverá a ser igual. Nuestra forma de ver el mundo habrá cambiado, aunque como sociedad logremos esconderla en el subconsciente. Por eso el cambio será más perdurable que cualquier tragedia que haya atravesado cualquiera de las generaciones que aún viven.

Terremotos, tsunamis, ataques terroristas, guerras provocan efectos intensos a corto plazo que luego se transforman en alivio o resiliencia. Meses de angustia permanente ante una amenaza invisible, idéntica para todos y sin un enemigo al que culpar (salvo los mesiánicos y conspiranoicos de siempre) nos conducen a un terreno común todavía desconocido pero que, a buen seguro, quedó grabado a fuego en nuestro inconsciente colectivo.

El desafío es encontrar el punto de equilibrio entre lo que hacíamos antes de la epidemia y lo que estamos haciendo obligadamente durante la emergencia. No repetir errores de cuando éramos libres ni resignar nuestra libertad para no hacernos responsables de nuestros actos. Una nueva solidaridad (acaso la única solidaridad posible) que nos recuerde que todo lo que hacemos repercute en el otro y que si todos hacemos lo que corresponde, nadie va a necesitar después de nuestra “ayuda solidaria”.

Por Paco Del Pino

Tags: Coronavirus Covid-19EnfoqueNueva normalidadPandemia
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Este sábado 7 de febrero a las 20.30 se presentará en la ciudad la obra “La vida terrenal”, un exquisito monólogo escrito por el dramaturgo contemporáneo Santiago Loza, con dirección de Williams Sery y la actuación protagónica de Fanny Carolina Duarte. La función tendrá lugar en el espacio Río Mío, ubicado en Belgrano 1771, en pleno centro.
En diálogo previo al estreno, Williams Sery —director y actor— contó detalles de la propuesta y destacó la potencia del texto y del trabajo actoral. “Este sábado nos presentamos con La vida terrenal, una obra escrita por Santiago Loza, un autor de muchos monólogos que son muy, muy buenos e interesantes. Ya había tenido la oportunidad de hacer otro texto suyo y ahora venimos con esta historia tan particular”, señaló.
Tras una audiencia realizada  en el Ministerio de Trabajo de la provincia, el gremio UTICRA llevó tranquilidad a los trabajadores de la planta DASS de Eldorado  al confirmarse, por escrito, la continuidad laboral al menos durante el primer semestre del año. Así lo informó Gustavo Melgarejo, delegado sindical, luego de la reunión mantenida con representantes de la empresa.“El eje central de esta audiencia fue conocer precisiones sobre la situación de la planta y de los trabajadores. Tocamos los puntos clave que ya habíamos planteado en asamblea frente a los compañeros”, explicó Melgarejo.Uno de los reclamos principales del sindicato fue la reincorporación de los empleados despedidos. Sin embargo, desde la empresa señalaron que actualmente no cuentan con pedidos suficientes para justificar esas reincorporaciones. “La empresa dejó en claro que hoy no tiene pedidos para esa gente, por lo que queda muy difícil la reincorporación en este momento. De todas maneras, no descartan volver a llamarlos si se levanta la actividad”, indicó el delegado de UTICRA.
La discusión pública sobre la baja en la edad de imputabilidad penal de los adolescentes volvió a instalarse con fuerza en el inicio de este año, a partir de una serie de crímenes que conmocionaron a la sociedad. Entre ellos, el caso del adolescente de 15 años de Santa Fe, Jeremías Monzón, además de otros dos hechos de extrema violencia, funcionaron como detonante para que el Gobierno nacional anunciara la inclusión de una nueva Ley Penal Juvenil en el temario de las sesiones extraordinarias de febrero en el Congreso de la Nación.En este contexto, distintos sectores comenzaron a expresar su postura. Uno de ellos fue la Iglesia Católica, que a través de un comunicado de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA) manifestó su preocupación ante la propuesta de reducir la edad de imputabilidad penal.Sobre este posicionamiento, el sacerdote de la Iglesia San Benito, Daniel Pesce, señaló a Primera Plana  que “es preocupante que la única respuesta que proponga el Estado nacional sea justamente la baja de la edad de la imputabilidad”, y advirtió que de ese modo “se achica totalmente la discusión y no se mira la problemática profunda que existe”.“El problema se aborda cuando ya está ejecutado el delito, pero creemos que es necesario que el Estado se preocupe por prevenir el acceso de los menores al mundo del delito, con políticas integrales”, sostuvo el sacerdote, en línea con lo expresado por los obispos argentinos.
Una nueva situación de conflicto sacude al Hospital Garrahan, una de las instituciones de salud pública más emblemáticas y valoradas del país. El interventor del hospital anunció la apertura de 30 sumarios administrativos y el despido de 11 trabajadores, en el marco de las protestas realizadas el año pasado para reclamar mejoras salariales. Desde la Asociación de Profesionales y Técnicos del Garrahan (APyT) denuncian que se trata de una represalia directa contra quienes encabezaron las medidas de fuerza.En diálogo con Primera Plana  la licenciada Norma Lezana, secretaria general de APyT, aseguró que la medida representa “un ataque político y sindical del Gobierno Nacional” y advirtió sobre la gravedad institucional de la situación.“En este momento estamos viviendo un ataque del Gobierno Nacional, anunciado públicamente por el vocero presidencial, dando por hecho cesantías y suspensiones sobre 40 trabajadores por haber luchado y protestado”, afirmó Lezana. Y aclaró: “Nosotros estamos en un proceso sumarial, con lo cual no pueden decir que estamos cesanteados. Sin embargo, ya nos condenan públicamente”.
Por orden de la Justicia, el Gobierno nacional reglamentó finalmente la Ley de Emergencia en Discapacidad, una norma clave que había sido sancionada por el Congreso pero que permanecía sin aplicación efectiva. El decreto pone en marcha un nuevo régimen de pensiones, establece controles y auditorías, y ordena la actualización de prestaciones, aunque deja varios artículos sin reglamentar y aclara que la medida no implica aceptar el fallo judicial.La reglamentación llega en un contexto crítico para las personas con discapacidad y sus familias. Así lo expresó el licenciado Daniel Arroyo, exdiputado nacional de Unión por la Patria y autor de la ley, quien celebró la medida como un paso adelante, aunque advirtió que será clave seguir de cerca su implementación.“Se logró. Es un avance claro. La situación es desesperante para las familias y para las personas con discapacidad. El sistema está colapsado: no están accediendo a medicamentos, traslados, terapias ni acompañamientos”, sostuvo Arroyo en diálogo con El Aire de las Misiones.
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