
Cuando la gente vota al liberalismo, que promete libertad, vota a que el Estado no intervenga en los asuntos económicos, dejando que el mercado se regule solo. El problema es cuando su halo de santidad ajusta el cuello de los demás, ya que deja libertad de expansión de las corporaciones.
Siempre que haya alguien que le falte, será porque a otros les sobra y si el Estado no aparece para intervenir en esta situación injusta, y repartir un poco, nadie lo hará; la sociedad vivirá polarizada entre pocos ricos y muchos pobres, con los conflictos que esto genera, violencia, pobreza, miseria.
Nuestro humanismo puede construir otro tipo de sociedad. El índice de brutalidad de una sociedad es inversamente proporcional al de su igualdad. No hace falta que vivamos en un comunismo, con un estado totalitario interviniendo, sino que garantice un mínimo de derecho para todos.
El papa Francisco lo resume con las tres T: tierra, trabajo y techo. Agregaría una más para el oro, así podemos ver al otro.
Es gracioso cuando uno escucha a los neoliberales hablando de progreso, de erradicar la pobreza, de educación, de trabajo, y a su vez aplican políticas económicas que solamente benefician a los bancos y corporaciones que piensan como psicópatas, donde los demás no importan. Quitan todas las posibilidades de que nuevos Beethoven, Einstein, Da Vinci surjan, porque las calorías son el fuego del cerebro, que si queda pequeño iluminará poco.
Qué egoístas, qué miopía existencial. No deberían visitar los museos, ni disfrutar de la música de los grandes, ni leer al Quijote, ni aplicarse vacunas. Los que son el resultado de un medio que posibilitó su surgimiento… no son capaces de apostar a la cultura, a la educación, a al arte, a la sociedad, la que siempre, siempre le retribuirá sus inversiones.
No son sus pertenencias las que les dan vida, decía Jesús.
Pablo Martín Gallero
Puerto Rico (Misiones)





