POSADAS. Reservado y enigmático como casi ningún otro, el ámbito de trabajo de la medicina forense es todavía un misterio pocas veces revelado a la sociedad. Ahí donde la muerte es el objeto de estudio, los cuerpos “hablan” sus últimos secretos que muchas veces permiten resolver una investigación.Miguel Amadeo García Olivera tiene prácticamente media vida al frente de la mesa de autopsias. Es docente de la Universidad Nacional de La Plata y, además, asesor pericial de la Suprema Corte de Justicia de la provincia de Buenos Aires. Años en ese rol lo transformaron en uno de los especialistas en Tanatología de mayor prestigio en el país. La semana pasada, García Olivera llegó a Posadas para dictar una serie de cursos organizados por el Colegio de Médicos de Misiones y dialogó con PRIMERA EDICIÓN acerca de diferentes aspectos de interés en un campo extremadamente sensible para la investigación judicial, muchas veces en el ojo de la tormenta ante la falta de respuestas clave en uno u otro caso.Clave en la investigaciónSin dudas, el último caso de trascendencia nacional que puso en el tapete el trabajo forense fue el del crimen de la adolescente Ángeles Rawson. El cuerpo de la menor fue sometido a una segunda necropsia que, a diferencia de la primera, develó que la víctima había sufrido un ataque sexual y que la causa de la muerte fue asfixia.“Escuché un comentario respecto al caso Ángeles que decía que la primera autopsia había estado ‘floja de papeles’. Creo que ese es el ejemplo más cercano de que las autopsias deben ser completas, metódicas, temáticas e ilustradas”, afirma García Olivera en clara referencia a las “fallas” que realizan los especialistas forenses que terminan, como en este caso, por retrasar la investigación judicial.En ese sentido, el forense recordó que “el paso del tiempo lamentablemente perjudica a la pesquisa de la Justicia, porque hace desaparecer muchos de los signos de importancia médico legal que pueden aparecer en un cuerpo”.El tanatólogo habla, además, desde su propia experiencia. Es que entre uno de los tantos casos trascendentes en los que participó se encuentra el crimen del fotógrafo José Luis Cabezas, cuyo cadáver apareció esposado, con dos tiros en la cabeza y calcinado dentro de un Ford Fiesta incendiado, en la localidad bonaerense de Madariaga, el 25 de enero de 1997. Durante aquella investigación también fue necesaria una segunda intervención forense, que fue encabezada por García Olivera.“Ese fue un caso que se empezó a investigar en Pinamar y la primera autopsia se hizo en la sede policial de La Plata, pero como no fue categórica, nosotros debimos encabezar un segundo examen en la Morgue del Poder Judicial bonaerense”, recordó, sobre uno de los casos que marcó a la sociedad argentina.García Olivera recordó que en ese segundo procedimiento se arribó a las conclusiones que finalmente permitieron develar cómo fueron los minutos finales del reportero gráfico. Así, la Justicia cerró el caso en torno a la denominada banda de “Los Horneros”, conformada principalmente por policías. Hubo ocho condenados.“La conclusión a la que se llegó es que en esa segunda autopsia se descubrió una segunda herida de arma de fuego que antes no había aparecido y que no estaba registrada. Podría decirse que fue un error muy serio por parte del primer grupo de forenses”, admite el especialista, quien agregó que “además, el otro disparo tenía orificio de entrada en la nuca y no de salida, como se había interpretado en un principio”.Así las cosas, como dice García Olivera, “los aportes de la segunda autopsia fueron los que encaminaron la investigación en otro sentido, porque no es lo mismo que un proyectil ingrese por la frente a que ingrese por la nuca”.¿Cómo reducir el margen de errores de ese tipo? El legista asegura que primero “se debe trabajar mancomunadamente entre los distintos equipos que investigan un caso, es decir, una suerte de comunión de intereses que vayan en la misma dirección, porque el objetivo es ofrecer un servicio que enriquezca y le quite los problemas a la sociedad, no que se los ponga”.En sus casi cuarenta años de experiencia el médico bonaerense reconoce entonces que los forenses “no están exentos de pasar malos momentos” y confirma que en más de una oportunidad sufrió “agresiones de tipo procesal”, más bien dicho, presiones, para por ejemplo desestimar el valor de una prueba en un juicio.Esas presiones llegan de manera “voluntaria”, pero también por el desconocimiento que muchos integrantes del Poder Judicial tienen aún sobre su trabajo. En ese sentido, García Olivera recuerda una experiencia insólita que le tocó vivir años atrás, cuando debía analizar tres cadáveres tras un hecho criminoso: “Un fiscal nos pidió que lleváramos los tres cuerpos en un colectivo de línea por treinta kilómetros hasta la morgue, que hiciéramos las tres autopsias y regresáramos con los resultados ese mismo día. No quedó otra que explicarle a ese funcionario judicial que hacer tres autopsias en tres organismos humanos no era lo mismo que eviscerar pollos. Eso sirvió para que entendiera, él y varios más, que se trata de un procedimiento científico bien reglado que, para que sea útil a la Justicia, debe estar bien hecho”.Por último, el especialista aseguró que en Argentina hay un crecimiento de especialistas en medicina legal en los últimos años e inclusive “actualmente cada vez son más las mujeres” que se inclinan por esa rama, contra los prejuicios que alguna vez reinaron en el área: es que, como asegura, “trabajar día a día con la muerte es algo común. Sólo es cuestión de acostumbrarse”.





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