Jueves 27 de Abril del 2017

Pronstico de Tutiempo.net
     




#HistoriadeVida

La ceguera le enseñó que había todo un mundo por descubrir

06/02 10:12

Raúl Brizuela es obereño, esposo y papá de dos hijos. Una enfermedad genética anuló su visión pero se procuró un futuro gracias a sus otros sentidos. Se convirtió en un reconocido reflexologo y masajista con terapia hawaiana.

          

Una enfermedad, retinitis pigmentaria, hizo que Raúl Brizuela tenga la visión reducida desde muy temprana edad. Como se trata de una afección degenerativa, con el transcurso del tiempo fue perdiendo definitivamente el sentido de la vista y hoy -cuenta- “es como si viviera rodeado de una densa niebla”.

Cuando era un adulto le dieron, según él, “la peor noticia: no iba a poder ver más, que me preparara para el futuro...”.

“No me caí al suelo porque estaba sentado, pero me hizo mucho mal cuando el médico me dio el diagnóstico. Hoy creo que eso mismo fue lo que me fortaleció para no darme por vencido y procurar una vida distinta”, recuerda. 

Residente en Oberá, donde vive con su esposa y sus dos hijos, se procuró un oficio para sostener el hogar: “Al perder la vista se potenciaban mis otros sentidos, uno de ellos es el tacto. Eso me llevó a estudiar reflexología y en la actualidad soy uno de los pocos misioneros -sino el único- que brinda terapia hawaiana, que es un sistema de masaje con frutas y de tonificación de la piel que es único”, contó orgulloso a PRIMERA EDICIÓN

Según la descripción que dio don Brizuela sobre cómo se maneja en la vida cotidiana, con el apoyo de su bastón verde es como si estuviera rodeado siempre por una neblina “veo los bultos de los cuerpos y los objetos que se mueven, pero no puedo distinguirlos. De todas maneras estoy agradecido porque le pedí a la vida poder ver la cara de mis hijos y eso ocurrió cuando ellos eran pequeños”, dijo emocionado. 

“Esta enfermedad es evolutiva. Es genética y degenerativa. Va haciendo mella en los conos y bastones, que son los componentes que están en la retina”, contó sobre su caso. 

Raúl nació con la enfermedad y sus efectos se empezaron a notar en la escuela primaria, cuando se encontraba en sexto grado y fue avanzando hasta dejar destruido todo lo que podía haberle dado alguna solución. Sus padres nunca lo pudieron tratar, porque se trata de una enfermedad incurable, ya que de todas las retinitis que hay, la que adquirió genéricamente Raúl es la que no tiene ningún tipo de solución ni con trasplante.

“Me crié en un hogar muy humilde, en las escuela tuve ciertos conflictos por el hecho de tener una visión diferente porque no captaba bien el pizarrón y porque mis compañeros se burlaban de mis lentes. No fue fácil. Eso me hizo crear una coraza y me llevó a ser un niño agresivo y enojón”, contó Raúl en una intensa charla con este Diario. 

El problema que padecía no impidió que, en su juventud, realizara todo tipo de trabajo, “pero a medida que fue avanzando la enfermedad ya fui teniendo más limitaciones”, reconoció.

“Tuve que ir cambiando de rubro. Al principio trabajé en Buenos Aires en diferentes fábricas, corralones hasta que la enfermedad me obligó a cambiar de rubro, empecé a hacer otras cosas hasta que llegó un momento que ya no pude seguir por consecuencia de la retinitis pigmentada. Me quedaba sin visión a pasos agigantados”.

Llegó un momento en el cual don Raúl se vio obligado a asistir a un centro de rehabilitación. Allí aprendió a moldear cerámica y trabajos con cartoneado, para estimular su sentido del tacto, que con el transcurso de los años se convirtió en su mayor fuente de ingresos.

“Me volqué hacia lo artístico, de eso vivía. Me separé, de esas cosas de la vida, pero me volví a casar y tengo dos hijos”.

El terapista contó que, si bien los niños tienen algunos problemas de visión pero “no la enfermedad que tengo yo y esa es una de nuestras alegrías”, dijo orgulloso.

“Creo, en lo personal, que al no tener visión pude potenciar más los otros sentidos. Mi teoría es que siempre tuvimos un buen oído, un buen olfato, gusto y tacto. Sin embargo, como podemos ver minimizamos el resto de los sentidos. Ahora, al no tener un buen ojo, empezás a prestarle mejor atención al oído y al olfato y los utilizamos mejor”, opinó.

“Le presto atención a todos los sonidos, pero lo hago porque no puedo mirar, con el tacto es lo mismo y eso hace al éxito de mi trabajo”.

Sus clientes lo contactan por teléfono para sacar los turnos y con la ayuda de su familia se las arregla para vivir la vida, cómodo y feliz. 

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