Elena Ruth Gutiérrez de Giménez, Maestra Nacional, desde San Luis a Puerto Bemberg

“Siempre tuve vocación, en mi casa siempre tuve alumnos imaginarios a los que daba clases en una pieza en la que no quería que nadie entrara”, dijo “Chicha”, que se reconoce como una lectora empedernida porque “leo todo lo que cae en mis manos”.

25/08/2019 11:13

“Chicha” Gutiérrez nació en Mercedes, San Luis, y no tenía dudas que se quedaría a ejercer en su provincia el título de maestra nacional, que soñaba abrazar desde niña. Pero problemas políticos la alejaron de su terruño, al que volvió en escasas oportunidades, y la trajeron hacia el Norte de Misiones, donde durante buena parte de su vida impartió clases en la Escuela Nº 157 de Puerto Bemberg. A pesar de esas peripecias iniciales, no se arrepiente de nada y asegura que aquí sus días transcurrieron felices “porque aquí me casé y tuve a mis siete hijos”.

Cuando se recibió tenía apenas 17 años. “Era la época dura del peronismo y como mis hermanos eran adversarios políticos”, se dificultaba que la joven docente encontrara trabajo en la provincia puntana. Fue entonces que por gestión de uno de sus cuñados, pudo recalar en la tierra colorada.

Cuando su pariente comentó “adonde me había conseguido el puesto, mamá le dijo: ¿pero adónde va a ir esta criatura?, ¿a Misiones? Estábamos en el centro de la república y me mandaban adonde el diablo perdió el poncho. Bueno, si usted quiere yo la nombro en una escuela de por acá cerca pero ¿cuánto va a durar?, le contestó el hombre. Era una época muy brava”, recordó.

El primer viaje lejos de casa lo efectuó junto a su madre, María Luisa Barbeito de Gutiérrez. Significó un tramo en tren hasta Buenos Aires, donde se quedaron en casa de una tía, luego en barco hasta Posadas, y en colectivo hasta Puerto Libertad. “Fue en noviembre de la década del 40, cuando prácticamente terminaba el ciclo. El primer día dormimos en un hotel cerca del puerto porque llegamos de noche. Venimos por unos quince días, era para conocer el ambiente, para que mi mamá supiera qué ranchito me tocaba para vivir. Pero me habían nombrado en una escuela nacional situada en las posesiones de Bemberg, un espacio privado que correspondía a esa familia. Ahí entraban las personas que Bemberg aceptaba”.

Lejos de las aspiraciones, “teníamos luz eléctrica, agua corriente, agua caliente y fría. No se pagaba ni un peso. Teníamos vivienda de material y dos maestras vivían en cada una de las casas. La escuela estaba situada cerca de la ruta, para venir a Posadas o seguir viaje. Era algo increíble para la época”, manifestó, mientras gesticulaba, como repasando cada uno de los dichos.

Sostuvo que “adquirí el mote de antipática por venir con mi mamá. Es que ya no estábamos en tiempos de la carreta y me vieron llegando con ella. Ya era maestra por eso fue un escándalo. Pero era la anteúltima de apenas diez hermanos -el mayor también fue maestro, pero rumbeó hacia el Sur del país-, tenía apenas 17 años, era delgadita, y mamá tenía que supervisar. Nadie venía con la madre”.

La segunda vez ya vino sola. En Puerto Libertad, contrajo matrimonio con Antonio Giménez, que era dactilógrafo de la empresa de Otto Bemberg, que se dedicaba a la explotación de la yerba mate. En ese lugar se hacía el proceso hasta el sapecado del producto de las posesiones de Bemberg.

Allí nacieron sus siete hijos: María Alejandra, Elena Ruth, Claudia, Susana Beatriz, Mónica, Carlos y Eduardo. Es que “ahí teníamos un hospital mucho mejor que algunos nosocomios de nuestros días”, dijo, y agregó que “cuando todos se hicieron más grandes, querían estudiar, había que traerlos a la ‘civilización’ a pesar que en el Alto Paraná no nos faltaba nada”.

Contó que en ese primer establecimiento que le abrió las puertas, había muchos alumnos y ya se había incorporado el séptimo grado. “Tuve que atender el primer grado por tres años y ya estaba cansada de los más pequeñitos. Después de una reunión me pasaron a cuarto, que funcionaba en un aula linda que daba hacia la ruta, por donde veía pasar autos y colectivos. Pero transcurrido un mes de haber asumido mi nuevo puesto, vino el director afligido -un posadeño de apellido Benítez que era un excelente maestro y director-, y me pidió que vuelva a primero. Como no entendía lo que estaba pasando, le pregunté si no andaba bien en cuarto. Me dijo, no, esa maestra -la que me reemplazó- me va a matar a un chico cuando me descuide. Y me volvió a primero”, relató entre risas su primera anécdota. Cuando sus hijos eran más grandes, después de permanecer unos 20 años en el Alto Paraná misionero, concursó y vino a Posadas, donde se desempeñó en el cargo de vicedirectora y trabajó en doble turno. Pasó por la escuela Miguel de Güemes, la Salvador Simsolo y el Colegio Roque González, entre otros, para finalizar como preceptora en el Instituto Montoya, que “era lo más suave”. Es que reconoce que “tuve mucha paciencia con los chicos pero me sabía llevar con la gente más grande. Anduve por muchos lados pero de todos tengo muy buenos recuerdos porque nunca tuve problemas”.

Como huevos fritos

Un grupo de alumnos del colegio Roque González la habían bautizado el “Escuadrón de la muerte” por la rectitud de su conducta frente al aula. Sucedió después que dos maestras entregaran el cuaderno de aula y renunciaran porque no aguantaban más a los estudiantes de la división, argumentando que “no pensaban quedarse locas”. Cuando “Chicha” llegó, el director le confió que eran muy difíciles en conducta. “Usted será la tercera maestra. Hacía poco habían empezado las clases y ya habían cambiado en dos oportunidades”. Con esos datos afrontó el desafío. “Formamos en el patio, entramos al aula y les dije: ejerzo la profesión del magisterio porque me gusta enseñar pero como tengo referencias muy feas de ustedes, les aviso que si se proponen que deje el grado y renuncie porque no los puedo domesticar, antes que yo me vaya, se van a ir todos ustedes. Me voy a quedar sin alumnos y me tendré que ir a casa. Quedaron con los ojos grandes como huevos fritos”, contó, mientras trataba de situarse en los pasillos del ya por entonces enorme edificio. Finalmente, “pude domesticarlos, al punto que para el Día del Maestro de ese año, me tuve que venir a casa en un taxi de tantos regalos recibidos”.

Abuela de diez nietos y cinco bisnietos, se jactó que ninguno de sus alumnos pudo decir jamás que “la señora me pellizcó o me tiró del pelo, ni nada. El secreto fue hablarles de entrada. Schofel y Bonifato eran dos docentes que apostaron que no iba a durar tres días. Y después se morían de curiosidad por saber qué les hice”.

Reiteró que “vengo por convicción, porque soy maestra, me gusta. Para llamar la atención no voy a tirar la manga del guardapolvo, pero voy a tomar medidas bien serias. Vengo a trabajar por vocación y necesidad porque tengo un marido enfermo e hijos para mandar a la escuela. Antes que me vaya llorando como se fue la maestra anterior, se van a ir todos ustedes”, era la receta que recitaba ante el mal comportamiento.

En una oportunidad, cuando una de sus hijas preguntó a un médico de apellido Álvarez por la claridad de su caligrafía porque “no parecía de doctor”, el profesional le respondió: “¿sabés quién tiene la culpa?, tu mamá”. Y al finalizar, reveló el apodo que a “Chicha” habían puesto en el grado.

Desde su casa de Villa Blosset, esta maestra de la vida aseguró que “la vida en Misiones me pareció linda, fui feliz. Fue toda una aventura. No volví más a San Luis, no iba ni de visitas porque cada año y medio había un niño nuevo en la casa. Y así no se podía viajar”.