Después de Malvinas, “Compré un canasto y salí a vender chipa”

Es la decisión que tomó el excombatiente Fabio Arturo Zamudio (57) por recomendación de una psiquiatra a cuyo consultorio acudió en busca de ayuda tras el conflicto bélico. Además de la fe en Dios, “me ayuda muchísimo el hecho de tener la mente ocupada, hablar con la gente”, aseguró, mientras preparaba la bici para iniciar el reparto.

28/07/2019 12:34

Fabio Zamudio tenía apenas 18 años cuando, de un día para otro, debió subirse a un avión y aprender a usar un fusil. Cumplía el servicio militar en el Regimiento de Infantería XII de Mercedes, Corrientes, cuando lo llamaron para combatir en Malvinas. Después de permanecer en combate durante 46 días cayó herido y fue devuelto al continente. Considera que fue ahí donde comenzó “mi lucha, la lucha diaria” pero que “está en cada uno la voluntad de superarse”. Intentó que su vida transcurriera normal, como antes del conflicto, pero la pesadilla se volvió real y si bien su familia fue el pilar que supo mantenerlo firme, debió buscar ayuda para no volver a caer.

Admitió que por lo general, la ayuda ofrecida consistía “en prescribir un medicamento, un tranquilizante para sobrellevar. Yo busqué la ayuda espiritual en Dios. Es la mejor que estoy recibiendo hasta el momento porque con los profesionales conseguís paliativos, no es una solución profunda”.

Mientras esperaba la ayuda que llegó desde el Gobierno, “hacía lo que podía, trabajaba en lo que podía, pero seguía con los problemas psicológicos hasta que una psiquiatra residente me dijo: lo mejor que podés hacer es salir a la calle, a buscar algo que hacer, a contactarte con la gente, a ocupar tu mente”. Se le ocurrió que la venta de chipas podía funcionar. Fue entonces que compró un canasto, y empezó a venderlas por las calles. “Y me gustó mucho. Después me compré la bicicleta y hoy gracias a Dios tengo un buen trabajo, vendo muy bien. Tengo mucho contacto con la gente. Buena parte de la población me conoce. Me ayuda el hecho de tener la mente ocupada, de hablar. Me siento cada día más superado, aparte es un ingreso más para la casa”. Desde hace nueve años, compra las chipas a una fábrica y las revende. “Es muy buena la mercadería y una excelente terapia”, admitió.

Zamudio confió que siempre buscó ser diferente. Por eso decidió pintar su bicicleta de amarillo y blanco, y junto a su esposa, Rosa Franco, pensó en decorar los canastos. Y realmente se nota la diferencia. El rodado tiene un soporte donde el vendedor ubica el alcohol en gel y una toallita que utiliza a la hora de higienizar las manos. “Eso le gustó mucho a la gente que en la calle me para, me felicita, toma fotos”, dijo. Agregó que le contaron que “a la entrada a Buenos Aires hay un cartel donde está mi foto, haciendo propaganda de la chipa de Misiones. Una persona me pasó una imagen. Si bien tengo mucha curiosidad de ir a verlo, las obligaciones no me permiten porque con la venta estoy de lunes a lunes, a partir de las 4”.

Contó que eligió el color blanco porque significa pureza, es símbolo de limpieza que “para mí es fundamental” y el amarillo, para que haga juego. Así, recorre toda la ciudad. Pueden encontrarlo en la cancha de Crucero del Norte, luego en el Centro del Conocimiento, y en los demás estadios de fútbol. Los sábados, los clientes lo ubican en el Mercado Concentrador, y los domingos en la Feria de Santa Rita. De su paso por las Islas, el exestudiante de la carrera de Historia comentó que dos días antes fueron al Sur para adaptarse al frío, y el 2 de abril a la madrugada desembarcaron, con valor, coraje, pero prácticamente sin preparación. “Pasamos mal, hambre, frío, tuvimos miedo. No estábamos preparados para ir a combatir. Las armas eran obsoletas, no servían y sufrimos mucho”.

Después de regresar al continente y estar internado por dos semanas en el hospital militar, seguía el calvario. “No podía sentir el ruido de los aviones, tenía pesadillas y hacía sufrir a mi familia. Un simple cohete me asustaba, corría y me tiraba debajo de la cama, de la mesa. Gracias a Dios, voy superado lo que se puede. Las heridas, las secuelas, quedan. Hicimos lo que podíamos. Puedo asegurar que pusimos todo de nosotros”, acotó, sin dejar de emocionarse.

A Zamudio no le hace bien recordar. “Es una herida que sigue latente. El orgullo más grande para mí es haber defendido la frontera de la Patria. A los honores, los reconocimientos, le resto importancia”. Sus hijas, Rita e Irina, no quieren que les hable del tema “porque saben que me lastima. Están pendientes de mi estado anímico. No me dejan mirar películas de guerra o cuando pasa un avión, tratan de desviar mi atención. Los fines de año sufrí el tema de los cohetes. Ahora ya no tanto como antes. Progresivamente el sufrimiento se va alejando”. Fueron muchísimas experiencias juntas a tan corta edad.