Experiencia mozambique

Lorena Colman es una enfermera y misionera de la Iglesia Neotestamentaria que regresó de África. Junto a colegas y médicos brindó asistencia sanitaria a la población de Dondo, durante quince días.

14/07/2019 15:34

“La experiencia fue enriquecedora pero vi la necesidad de cerca y comprobé que lo que muchas veces pasamos, no es nada comparado a lo que ellos viven”, señaló Lorena Beatriz Colman (35), la licenciada en enfermería que regresó de África luego de permanecer quince días en Dondo, Mozambique, donde junto a un equipo de médicos y enfermeros argentinos formó parte de una ayuda humanitaria. Al que le pregunta cómo le fue, contesta que depende del lado que se lo mire: “Es un pueblo que tiene muchas necesidades, mucha miseria.

El sistema político, de salud, no ayuda en nada. No tienen acceso a los centros médicos, ni a la educación. No tienen prácticamente nada de lo que nosotros tenemos”, agregó la joven, a la que el tiempo para ayudar le resultó corto.

“Quedé muy conmovida” y es por eso que en el vuelo de regreso al país, programaba cómo hacer para poder volver el año que viene y con un poco más de tiempo. Con las donaciones de medicamentos que llevó y entre lo que acercaron sus colegas, “pudimos brindar algo más que atención. Hay muchas enfermedades que acá no vemos.

La que más se ve es el HIV en todas las edades pero como están inmunosuprimidos se mueren de malaria, tuberculosis, y desnutrición”, confió. Insistió en que el HIV “es lo más común. No saben cómo cuidarse pero además tienen muchas creencias de sus ancestros que son difíciles de derribar. Hay una especie de choque cultural. Es necesario romper muchas barreras para que empiecen a cambiar sus hábitos. Tienen muchos hijos y nacen con el virus”. La misionera de la Iglesia Neotestamentaria consideró que “la única esperanza de ese pueblo es Dios”.

La obra de la que participó Colman es encabezada por médicos y enfermeros de Chaco, Córdoba, Buenos Aires. “Interactuaba con ellos y todos éramos un equipo, lo que no podía hacer por falta de tiempo, lo hacía el médico o viceversa. Atendíamos a unas 150 por día. Era otra forma de trabajo.

Vine con ganas de volver”, sostuvo, quien se desempeña en las áreas de neonatología y pediatría en un sanatorio privado.

En lo que respecta a higiene en general “es difícil enseñar porque no tienen agua potable y utilizan letrinas. Todas las cosas que aprendí durante mi carrera como enfermera no se pueden poner en práctica porque no tienen medios ni recursos”, acotó.

Como si fuera poco, la tierra que habitan es tierra seca, poco fértil, “no tienen muchas plantaciones y lo que más consumen son bananas, en casi todas las comidas. Tienen muchas problemáticas que son propias de la situación en la que ellos se encuentran.

El hacinamiento es terrible, sobre todo cerca de las rutas principales, donde existe el asfalto”.
Confesó que muchos miembros de iglesias cristinas, evangélicas y católicas, hacen sus misiones y ayudan a que la población de Mozambique pueda tener acceso a la comida, a la ropa, al abrigo.

“Creo que es por ese lado donde Dios le da una mano a ese pueblo porque realmente donde nosotros íbamos siempre veíamos como se organizaban para permitir que se alimenten. Donde podíamos, íbamos a asistir con medicación, con atención médica. Lo que podíamos dar ante semejante miseria, pobreza, era poco, pero para ellos era muy significativo. Estuve quince días que me quedaron cortos”.

Reflexionó que “aunque parezca que no tienen nada para dar, me siento como que fueron ellos los que me dieron. Siento que en este viaje recibí más de lo que di. Todo el tiempo trababa de absorber de los médicos que estaban ahí, que trabajaban con ellos, el idioma en que se comunican, cómo se manejan, cómo les explican, cómo los tratan. Son muchas cosas juntas y es difícil explicar como uno las vive. Hay que estar ahí para ver la necesidad y poder ayudar”.

Consideró que “son muy pobres, muy respetuosos, tienen muchas necesidades, pero tienen muchas esperanzas. No conocen otra cosa de lo que hay ahí. Es gente muy agradecida. A pesar de lo que pasaron y de lo que siguen pasando, agradecen a Dios por lo que reciben, por lo que tienen. Hablan portugués y un dialecto. Pero con un gesto, te tomaban la mano y sabías lo agradecidos que estaban. Los niños tienen una forma muy particular de agradecer a Dios con el canto, el baile”.