Música rusa, imitando al abuelo

El obereño Roberto Dulko se crió escuchando las melodías que don Pedro Huk ejecutaba en su violín, debajo de la parra, en su chacra de Colonia Guaraní. En base a esos recuerdos configuró su carrera y conformó el grupo “Katyusha” junto a su esposa Silvia Rapp y sus hijas Andrea y Natasha. Ejecutan instrumentos como balalaika, acordeón (bayán), domra, tsembaly, violín típico y cítara. Buscan preservar la cultura y transmitir valores.

23/06/2019 15:28

Pedro Huk ejecutaba y reparaba instrumentos en su casa de Colonia Guaraní por lo que la niñez de Roberto Dulko (50) estuvo inmersa entre los más diversos acordes musicales. El ahora profesor y licenciado en música deja volar la imaginación y, como si fuera ayer, recuerda la figura de su abuelo materno sentado bajo un gran parral de uvas, tocando el violín. Los ritmos ucranianos, rusos, alemanes eran, por esos tiempos, moneda corriente.

En algunas de las charlas con su entonces pequeño nieto, Huk confesó que había aprendido de oído y que muchos de esos temas los había escuchado desde niño. “Me contaba que organizaban sus fiestas, que se reunían en los patios de las casas a bailar, y que era esa música la que tocaban.

Sabía sobre temas musicales rusos, ucranianos, polacos, alemanes, porque todas esas colectividades convivían en la zona. Como residían en las chacras se juntaban a festejar, bailaban y compartían sus músicas típicas”, explicó Dulko, cuyo abuelo paterno, Andrés -residente en Los Helechos-, también era músico, al igual que su papá, Alejandro, y sus tíos.

Admitió que “ese fue mi primer contacto con esas músicas, y es lo que me quedó de Don Pedro. Ya más grande, comencé a hacer música tratando de imitarlo. Así fue que hice mi carrera, que fue el profesorado de música, una licenciatura en música y me dedico a eso”.

Silvia Andrea Rapp (39), esposa de Dulko y, como él, docente de música, contó que primero acompañaba a Roberto a la Iglesia Ortodoxa Rusa, mirando, y que después se incorporó al canto.

“El sacerdote tiene un gran amor por los cantos populares eslavos, y la primera canción que nos enseñó es de una partitura que él había armado, que era Katyusha. Nos enseñó a cantar en ruso, y por eso denominamos así al grupo” integrado por la familia.

Poco después la cónsul honoraria de la Federación Rusa en Misiones, Zenona Zabczuk, le dijo a Dulko que en el Museo de la colectividad había una balalaika y que como el señor que la había donado, venía de visita, quería que alguien la ejecute. Si bien conocía el instrumento por lo que vivenció con su abuelo, Rapp sostuvo, entre risas, que su esposo “puso cara de espanto”.

“Afiné, intenté e inmediatamente comencé a tocar algunas melodías”, acotó Dulko, y agregó que durante esa prueba de fuego, su hija Andrea Liset (20) lo acompañó con el canto y puso ritmo con la pandereta. Tras esa experiencia, a Dulko le pareció que debía conseguirse una balalaika, y la compró en Buenos Aires. Pero como había que repararla porque le faltaban cuerdas, Zabczuk “me prestaba para que practicara pero no quería tener en casa un instrumento tan caro, que había sido hecho en Alemania, tenía mucha historia y era muy valioso”. Una vez finalizada la restauración, padre e hija comenzaron a hacer música rusa: Dulko con la balalaika, y Andrea con el acordeón y el teclado. Luego, Rapp se sumó con la pandereta. “La primera vez que nos presentamos con la balalaika nos motivó”, recordaron.

“Teníamos unas pocas canciones para tocar, y lo que nos llamó la atención es que algunas personas interrumpieron la cena en la Casa típica, se acercaron y empezaron a llorar porque desde niños no habían vuelto a escucharlas. Las abuelas decían que las transportaban un ratito a su tierra. Nos pareció muy interesante por la manera en que llegamos a las personas”. Desde esa oportunidad, en el Día de la Mujer, la jornada de elección reina, u otra fecha en la que “nos requiere la colectividad, siempre estamos. Nos sentimos bien. El día de la presentación de soberana impusimos al grupo el nombre de Katyusha que representa un poco toda esta historia de como empezó todo”.

Contaron que, más allá de la música, la gente vivencia lo que transmiten los sonidos. Dulko confesó que “me quedó marcada la actitud de un señor, ya fallecido, mientras cantábamos ‘Katyusha’. Como le habían quitado las cuerdas vocales, él representaba con gestos lo que la canción decía y, al final, estalló en llanto. Eso fue muy fuerte. Y así otras cosas que sucedieron. Nuestras presentaciones no son multitudinarias, pero lo que se vive es muy profundo”, aseguró.

Según el matrimonio, “nos moviliza la parte cultural más que la comercial. Lo que hacemos está pensado para mantener los valores, la música tradicional y folclórica rusa y transmitirlos, siempre tratando de ofrecer algo nuevo. Por ejemplo, los jóvenes saben poco de sus abuelos, entonces buscamos que se ocupen, que averigüen, ese es el mensaje. Muchos visitantes piden para acompañarnos en las canciones, otros quieren adquirir un CD con el repertorio. Prometimos que en las vacaciones de verano íbamos a grabar uno pero el tiempo pasó tan rápido. Es algo pendiente entre tantas cosas por hacer”.

“Es algo fuerte, emocionante”

Andrea, la hija mayor, también cursa el profesorado de música, y como todos los integrantes de su familia, se dedica a la música “más o menos a tiempo completo”.

Contó que en su casa se estaba armando el árbol genealógico y había coincidido con la época en la que su papá se había contactado con familiares residentes en Rusia. Esto se sumó a una “movida cultural con la llegada de la balalaika al Museo Ruso. No sabía mucho sobre ese instrumento, comencé a enterarse de historias fuertes, del tatarabuelo que llegó de Rusia, familiares que habían estado en la guerra, y cuando uno se pone a averiguar parecen mentiras pero son muy fuertes. Y comencé a hacer música con papá. Era muy chica, tenía 11 o 12 años, y a algunas cosas no las entendía”, expresó. Comenzó con el acordeón, que brinda un sonido totalmente diferente, y el canto.

“Me gusta la música en general. Pero hay algo en la música rusa que es súper especial. Es algo que se siente en la sangre, porque cuando toco el acordeón, tanto entre la gente o cuando ensayamos, siento la presencia de mi bisabuelo, de mi tatarabuelo. Es algo súper emocionante que no me pasa con otro tipo de música. Me compenetro mucho con el ritmo ruso, es algo difícil de explicar. Es como cuando te gusta mucho algo, lo sentís. La idea fue preparar unas canciones y terminó siendo algo que me encanta”, subrayó la joven.

Natasha Josefina Valentina (6) toca la pandereta y le gusta la batería.