Vane y Leo apostaron a reconectarse con la vida

Son profesionales, tenían carreras exitosas pero un llamado interior los obligaba a dejar su zona de confort y volver a lo esencial. Abandonaron la gran ciudad y viajaron a Misiones. Y sí, no podía ser de otra manera, la tierra colorada los atrapó.

03/06/2019 21:26

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La tierra colorada fue para Vanesa Scarinci y Leonardo Serignese una elección, una oportunidad de “reconectarse” con la vida, lejos del trajinar de la gran ciudad, en contacto con la naturaleza y, por sobre todo, con ellos mismos, aún sabiendo que atrás quedarían sus carreras, ella docente, él abogado, el buen pasar, muchos amigos e, incluso, la familia.

Llegaron desde Buenos Aires en septiembre de 2009 decididos a encontrar un nuevo rumbo, acampar en los saltos del Tabay fue el primer alto y al mes de estar en la provincia los encontró abriéndose paso en el mundo artístico, construyendo muñecos, armando coreografías, escribiendo canciones y nació su primera obra de “Castillo Vagubundo”, como llamaron al binomio en que se transformaron, “Animalitos”, que contaba las peripecias que les sucedían en el monte desde una mirada fantástica.

“No conocíamos Misiones, nos abrimos a ésto y nos cautivó, nos cautivó el monte, la cascada y empezamos a quedarnos, acampamos seis meses y no pudimos irnos más, volvimos a Buenos Aires sólo a dejar nuestras cosas en orden para después instalarnos definitivamente acá. Trabajamos mucho con niños, en escuelas, haciendo talleres artísticos”, recordó Vane y Leo acotó que “la vida rural, completamente alejada de lo urbano, sólo con la necesidad de acercarnos a la ciudad únicamente a llevar algún ofrecimiento a las escuelas o al municipio o comprar víveres” fue lo primero que mamaron de esta tierra.

Y sí, ese conectarse con la naturaleza, volver al ciclo, que a su vez marcó uno nuevo, ya no les permitiría regresar a las corridas. “Fue muy sanador y tuvo mucho que ver con eso, con hacer un cambio radical en la forma de vida, sin imaginarnos bien hacia dónde, fuimos experimentado eso de estar meses sin señal de telefonía, de no tomar ni una aspirina, sino de probar yuyos, conocer otro tipo de sanaciones y siempre con el arte como bandera”, describió Leonardo, obviamente con la mente abierta a transitar todo este cambio y a partir de un proceso ya iniciado en el que no faltó el trabajo interior, lo que los hizo permeables a un giro de 180 grados en sus aspiraciones.

Muchas pruebas por sortear

Las trabas se hicieron sentir desde el primer momento, con la familia, por ejemplo, que sufrió mucho y llevó a la relación por distintos estadios, “pero había una fuerza interior en los dos que nos pedía soltar el mundito que teníamos armado, la zona de confort, los dos lo sabíamos perfectamente también que era transitorio lo que estábamos pasando, estuvimos años sin luz, sin agua, sin baño, lavando todo en la cascada, de buscar la forma de arreglarse, eso te da mucha fortaleza y volvés realmente a valorar lo sencillo de la vida, lo que necesito, lo demás son adornos”, mencionó la docente.

Esta convicción les permitió sobrellevar el rechazo, la resistencia, el maltrato de los núcleos urbanos, de las zonas cercanas al poder, porque eran “de afuera”, porteños, con una forma de vida, un curso y una praxis para compartir que chocaba con los valores de los distintos escenarios en que se encontraron, hablaban de libertad, de sanación, del trabajo personal, de las ganas de vivir, del amor, pero no como ideas románticas, sino como forma de vivir en este mundo, y eso chocaba.

Además, como todo, las cosas se van aprendiendo sobre la marcha, “primero no contamos cuál era nuestro pasado, entonces era raro, después empezamos a abrirnos, no somos extraterrestres, venimos de Buenos Aires, ella trabajó 15 años en escuelas, yo 18 en tribunales, docente, abogado, hicimos un quiebre y estamos buscando otro camino, el arte es sanador y queremos seguir este camino, ayudar a sanar a otros”, reconoció Leo, pero entonces surgieron mil hipótesis, desde que eran personal de alguna fuerza y trabajaban encubiertos hasta que venían escapando. Sin embargo “con la verdad y la mirada de frente pudimos sobrellevar todas esas situaciones”. Y sirvió a la vez como convicción para seguir caminando aquí.

“Tuvimos noches de llorar, la más difícil fue en Puerto Leoni, cuando nos derribaron un ranchito que habíamos conseguido prestado para vivir (en las afueras, porque no estábamos con la de débito, no éramos gente clase media viajando a lo hippie, no, dinamitamos todo y apostamos a nacer de vuelta y en ese contexto era vivir sin dinero prácticamente, hacer cosas por trueque, obras de títeres por una bolsa de verduras, fue sobrellevarla así, y lo habitacional era muy difícil) con el argumento de ‘váyanse porque nos dijeron que son policías y no los queremos acá’”, mencionó el abogado. Y agregó que “esa noche fue hasta acá llegamos, hacía tres años que habíamos venido, pero todo se resumió a llorar unas cuantas horas mirando las estrellas, dormir y a la mañana ser otros, fuimos aclarando las cosas con aquellos que habían sido responsables, con la fuerza de la verdad. Pero el proceso fue así, apostando al arte siempre, redoblando la apuesta, transitando precariedades extremas, con puertas cerradas desde muchos ámbitos”.

“Ahora con la cabeza fría, ni loca hubiese hecho el salto así como lo hicimos, pero en ese momento el llamado era muy fuerte, y el crecimiento interior que existió en el caminar por esos lugares fue real, pero fue difícil”.

Nuevos desafíos

“Hicimos Jardín América, Puerto Leoni y Capioví, donde nos encontramos como en un momento de salto porque ella consiguió un trabajo de docente y yo en el relevamiento territorial de las comunidades indígenas, así que allí fue volver a tener la seguridad de un salario. Tuvimos cuatro años de relativa tranquilidad, pero penando por cada espacio, cada cosita que queríamos hacer en el pueblo. Entramos en otra faceta de la institucionalidad, pero también en otra faceta de la discriminación, porque era todo tan cerrado que te decían ‘aprobado’, ‘muy bien’, ‘les damos una ayuda’, pero cuando armábamos todo veíamos que no había público y después nos enterábamos de que corrió un mensajito que decía ‘no vayan’, ‘no los apoyen’, ‘el que va es enemigo’”, apuntó Leo. Y sí, vendría otro cambio, después cuatro años y mucha meditación, Posadas se convirtió en otra oportunidad.

En la capital misionera encontraron un grupo con el que trabajar. Quizá la señal más clara estuvo en la oportunidad laboral que encontró a Vanesa, docente en una institución que se basa en la pedagogía Waldorf. Así pasaron ya casi dos años.

Espacio Reciclado se convirtió en un segundo hogar para ellos, encontraron el apoyo de Carolina Gularte, Cachú Orellano y Fernando Molina. Al punto que en los próximos días estrenarán “Malandrines”, que debía subir a escena por primera vez en noviembre pasado, pero Vane tuvo un accidente doméstico en el que casi pierde la mano derecha, por lo que debieron parar.

Entendieron también que aquel percance “fue un nuevo llamado de atención y nos ayudó también a conectar con lo que dejamos atrás, porque la familia se acercó, empezamos a ir y descubrimos que después de diez años había cosas que aún estaban latiendo”, dijo Leo. Desde entonces Vane está pensando en estudiar en Buenos Aires y él se reconectó con “los chicos de la banda”, con quienes estaba todo tan prendido que se pusieron a tocar y nació un segundo disco. Es que, por si fuera poco, Leonardo tiene una interesante trayectoria en la música, empezó con la murga porteña allá por 1999, luego fue la uruguaya, que tiene aspectos más desarrollados, más enfocados, el canto, y comenzó a vincularse con murguistas profesionales que llegaban a trabajar a Buenos Aires, con quienes armó un espectáculo al que llamaron “Camorra”, entre 2001-2002 y que se mantuvo en cartelera a pesar de la difícil situación que se vivía por entonces. Estar en contacto con Alejandro Balbis lo llevó a trabajar con bandas grandes, como “Bersuit Vergarabat”, “La Vela Puerca”, “Árbol”, “No te va gustar”, para las que oficiaban de coro murguero y, sin quererlo, se encontró cantando en el Luna Park, River, Ferro, poniendo la voz en pocas canciones, pero viviendo experiencias de todo tipo. En 2004 lo halló siendo parte “Los Señores”, cinco cantantes que aprendieron a tocar instrumentos, grabaron un disco y vislumbraban un buen futuro, hasta que el viaje a Misiones implicó volver a cero.

“No es fácil, no fue fácil, pero era necesario, había un impulso muy fuerte en los dos que nos decía por acá no es, hay que buscar otra cosa, con mayor profundidad en nosotros mismos y, por ende, afuera; es un proceso, el de ser mejores personas todos los días”, remarcaron.