Débora Carlino, la bombero que fue ángel de un niño

Hace quince años que ingresó a la fuerza. Es cabo y durante su carrera intervino en muchísimas situaciones, sin embargo el haber sido una pieza clave en el rescate de un pequeño ahogado, en enero pasado, quedará grabado por siempre en su memoria.

05/05/2019 14:38

De la capacitación de quien acude a un llamado de auxilio dependerá el éxito. El tener una vida en las manos trae consigo un mundo de sensaciones, pero que como pocas circunstancias se advierten con el correr del tiempo. El pasado 4 de enero será una jornada que por muchos años volverá al recuerdo de la cabo Débora Carlino, bombero voluntaria que “devolvió la respiración” a un pequeño que cayó a una piscina y se ahogó. Un niño que tuvo un ángel de la guarda de carne y hueso. Una mujer cuya vocación de servicio fue más fuerte que cualquier obstáculo y decidió luchar por un lugar en la fuerza.

En sus días no faltan adrenalina, sin embargo en aquella jornada los niveles se dispararon al mil por mil en la vida de esta mujer nacida en Quilmes, Buenos Aires, que llegó a la tierra colorada siendo niña, para instalarse en Puerto Esperanza, por el trabajo de su padre, después de haber recorrido todo el país.

Fue allí donde ingresó a Bomberos, en tiempos en que la incorporación de mujeres en las instituciones era un tema tabú, “siempre te ponían excusas, que no había infraestructura, que las mujeres no tenían suficiente fuerza, tampoco tiempo para disponer para ser bombero, pero empezamos a hacernos un lugarcito, estuve en el primer grupo de mujeres que ingresó, se armó un buen grupo, pero por cuestiones laborales, conseguí trabajo en Puerto Iguazú, me trasladé”, recordó.

En la Ciudad de las Cataratas Carlino conoció a su actual pareja, también miembro de Bomberos. “Hace casi trece años que estoy acá, va a hacer quince que soy bombero, mi hija mayor (21) también lo es. Cuando vine aquí las mujeres no hacían guardia nocturna, a partir de las 22 se tenían que ir a la casa, como los menores de edad, porque ‘no había infraestructura’, pero somos personas grandes los que estamos acá, finalmente nos armaron un sector”, contó y reconoció que “había muchas chicas que venían sólo a ponerse la remera y nada más, así que empezamos a filtrar y nos armamos un espacio”.

Carlino hizo hincapié en que “muchos vienen porque piensan que es todo adrenalina pura, hay grupos de postulantes que se preparan entre seis y ocho meses, sólo vienen los sábados y no suben al camión ni por casualidad, es sólo preparación, a partir de allí tienen un año de preparación activa y recién entonces pueden rendir para ascender a bombero, lleva casi dos años todo este proceso, mientras tanto seguís siendo el de allá abajo de la lista, pero realmente a quien le gusta, aguanta”. Además, remarcó que “hoy en día no hay discriminación hacia las mujeres, el 30% del personal es femenino, es más, hay más asistencia femenina, que masculina. Me costó entrar, actualmente no hay problema, tenemos nuestro espacio pero igual siempre les digo, si quieren que nos respeten y consideren un par, iguales, no tenemos que estar haciendo mañas, hoy es todo técnica, en un rescate vehicular tenés que usar máquinas, eso es técnica, se utiliza muy poca fuerza y para todo nos preparamos, la misma capacitación que tienen los hombres tenemos las mujeres”.

Como en todo, en la fuerza Carlino encontró situaciones difíciles, pero no duda en afirmar que la prueba más dura de sortear fue la posibilidad de seguir ascendiendo. “Fue muy difícil, ya no, le digo siempre a las mujeres que ingresan que ellas ya están en la gloria, que el camino se abrió, sólo tienen que seguir caminando para que no se cierre, costó mucho ascender, somos cincuenta y estoy sexta en la lista, no fue fácil, tenemos que ponernos los guantes y trabajar a la par”.

Al límite

Incendios, accidentes automovilísticos, asistencia en inundaciones… sería imposible enumerar las intervenciones de esta cabo, aunque hay una que en ella aún está latente. La reanimación del pequeño que cayó en la piscina de un hotel cercano al cuartel.

“Siempre habíamos hecho rescates de víctimas en accidentes, algunas por algún motivo fallecían, en otras se salvaban, pero con este nene era estar en el filo de la espada, salvás o salvás, era un niño muy chiquito”, sostuvo y memoró que esa jornada se había presentado distinta. “Hubo un problema en Puerto Iguazú y toda la ciudad estaba sin agua, por lo que se habían generado protestas en la ruta, además, durante la siesta hubo una tormenta de viento que tumbó muchos metros de cables, por lo que también quedamos sin luz, era mi día de franco laboral, un viernes, y le dije a la chica que estaba de operadora que me iba a buscar ropa a casa para bañarme, porque en casa no podía hacer nada, mi marido estaba en otra prevención, era temporada alta y acá hay mucho movimiento. Cuando volví crucé a comprar algo y me llaman porque un menor se había ahogado, subimos a la ambulancia, eran unas siete cuadras y la chica que nos llamó dijo que estuvimos en tres minutos”.

“El menor se le había perdido de vista a los padres, fueron unos segundos, son departamentos tipo bungalow, está todo cerrado, con rejas, pero se les perdió y en un momento uno de los vecinos alojados avisó que había un niño en la pileta, lo sacaron y no respondía entonces la recepcionista nos llamó. Cuando llegamos lo habían llevado a la vereda, eran las 20, estaba inconsciente, no tenía pulso y los padres, turistas, todos estaban alrededor”, describió y añadió que la acompañaron la bombero Bárbara Giménez y el bombero Catriel Burgos.

Con los ojos llenos de lágrimas y la voz entrecortada, Carlino continúa desandando aquellos minutos. “Siempre destaco lo importante que es la capacitación, llevar gente capacitada a los siniestros y estar siempre capacitándose, si me hubiesen acompañado bomberos nuevos creo que no hubiera trabajado de la misma manera. Me bajé y el nenito, chiquitito, menudito, no respiraba, comencé a hacer RCP, mis compañeros prepararon el DEA, un desfibrilador, mi compañera lo iba secando, abrió el margen de quienes estaban ahí, porque nos estaban sofocando, gritaban, lloraban.

Yo sólo hacía masajes y le pedía que controlen el pulso, le hacía respiración, masajes, y nada, nada, no sé cuánto pasó, no recuerdo lo que pasaba alrededor, veía que mis compañeros hablaban, pasaron cuatro o cinco minutos, hacía RCP y lo rotaba, cada tanto, porque vomitaba cosas, comida, agua… en un momento lo roté y metí el dedo en la boca para ver si tenía algo en la garganta y me mordió, pudo ser un reflejo o una llamada, me dio un aviso”.

“‘Me mordió, me mordió’, dije, y mi compañera notó un pulso leve, lo alcé a la ambulancia, estaba la del hospital, con oxígeno, pero cuando subimos otra vez dejó de respirar, entonces vuelvo al RCP, en un minuto estábamos en el SAMIC y cuando estábamos estacionando empezó a respirar nuevamente, pero seguía inconsciente. Lo ingresamos a la guardia, que siempre está llena, pero ese día no había nadie, los médicos estaban tranquilos, el chofer avisó la urgencia y todos corrieron”, contó.

Y agregó que “siempre agradezco a los pediatras, enfermeros, todos estaban abocados al nene, lo intubaron, le dieron oxígeno, hicieron electro, yo entraba y salía de la sala, mi jefe me dijo ‘lo salvaron, que bueno, querés retirarte’, pero yo necesitaba estar, saber si volvía en sí, porque seguía inconsciente, hasta que lo escuché llorar, era él, y ahí estaba, sentado, llorando”.

“Un bioquímico que había sido mi profesor en la facultad me dijo ‘Débora ya está, está vivo’, el pediatra me preguntó si yo hice masajes cardíacos, porque eso fue lo que lo salvó, si se hubiese esperado a llevarlo al hospital hubieran pasado los minutos, lo que se llama la hora dorada, y la historia hubiera sido otra”, confió.

Es que lo que hace el RCP es mantener oxigenado el cerebro y el corazón, si el oxígeno no llega al cerebro, muere, si se recupera, quedan secuelas o en estado vegetativo, de allí la importancia del RCP, explicó la auxiliar de enfermería, “pero nunca ejercí como enfermera porque ya estaba trabajando en seguridad, en una empresa privada, después estudié Tecnicatura Superior en Higiene y Seguridad Laboral, hace poquito surgió una vacante y estoy ocupando ese lugar, así que estoy ejerciendo lo que estudié”, dijo.

Con la emoción aún a flor de piel, Carlino confesó que “siempre agradecí, primero, a la gente que fue conmigo, segundo, lo que inculco a todos, la capacitación, somos bomberos no por llevar un escudo, somos bomberos porque nos capacitamos, en esto, en cuerdas, rescate vehicular, fuego”.
Las situaciones más cotidianas en la Ciudad de las Cataratas son los accidentes, sobre todo con motos, principalmente por “falta de conciencia, llevan a toda la familia en una motito, sin casco, a toda velocidad, en contramano, cada vez que veo esas cosas sufro”, observó.

Y sí, es un trabajo que obliga a hacerse fuerte, pero hay situaciones en las que es imposible. “Uno a veces dice que está preparado y no lo está, me tocaron accidentes de niños con fracturas expuestas, uno trata de ser fuerte por el menor o los padres, estuve en incendios; hace mucho murieron carbonizados unos nenitos, yo no había ascendido y no trabajaba directamente al frente, como me informaron que había menores quemados preferí mantenerme atrás, todas esa dotación volvió llorando, los bomberos somos humanos, de carne y hueso”.

Buen presente

En el cuartel de Bomberos Voluntarios de Puerto Iguazú están trabajando en la mejora de la infraestructura, cuentan con un edificio nuevo; móviles, que se trae de España, Alemania, donde los camiones se consiguen por licitación, en subastas, pues allá no pasan los cinco años y casi no se usan, entonces vienen nuevos.

“La comisión trabaja muy bien, este cuartel estuvo a punto de cerrarse hace seis años, vino una inspección y determinó que el lugar era infrahumano, la comisión lo había fundido, fue muy mal administrado; de estar a punto del cierre, ahora somos los más capacitados, Eldorado, Montecarlo, San Pedro también están muy bien”, finalizó la cabo.