Maestro de monte

A Jorge Sergio “Coco” Camaño (76) la docencia lo llevó a conocer los lugares más recónditos de Misiones. Buena parte de ellos, los recorrió junto a su compañera de ruta, Sara Zacarías. Esas experiencias las volcó en varios escritos que contienen anécdotas y cosas que ocurrieron monte adentro, con nombres, apellidos y fotografías. A un paso de jubilarse, se recibió de procurador, estudió abogacía y se inclinó por la rama administrativa de la profesión que aún ejerce. Era algo pendiente desde joven y pudo concretar el sueño.

28/04/2019 11:06

Cuando “Coco” Camaño cuenta sobre sus vivencias de maestro, monte adentro, la imaginación vuela porque se toma su tiempo y es muy meticuloso al momento de efectuar las descripciones. Proviene de una familia en la que su padre y sus tíos eran todos docentes. Y optó por ese camino. Se recibió en 1960, en la Escuela Normal de la capital provincial. Contó que cuando terminó sus estudios, su papá, Jorge Sergio, le preguntó qué pensaba hacer en adelante, y que él le contestó que su intención era seguir estudiando pero en Córdoba o Buenos Aires. Pero por la distancia, su progenitor insistía con que fuera a Corrientes.

“Yo no quería porque esa universidad tenía sólo cuatro turnos de exámenes y si salías mal en uno, perdías seis meses. Entre esas idas y venidas, fui para darle el gusto al viejo y estuve poco más de un año. Empecé abogacía y tenía tres materias aprobadas en una carrera de treinta. En marzo de 1962 regresé y prometí no volver porque no podía pensar que iba a tardar diez años para tener un título”, manifestó.

Confió que en esa época, en Posadas había trabajo “para regalar. Si dejabas uno, cruzabas la calle y encontrabas algo del otro lado. Así que, menos lustrar botas y vender diarios, hice de todo. Trabajé en una farmacia, en un bar, haciendo repartos, pero duraba poco porque mi padre influenciaba para que me echaran a fin que regrese a los estudios”.

Aclaró que todos los mediodías, cuando se sentaban a la mesa, “me preguntaba qué iba a hacer de mi vida. Entonces pensaba adónde podía ir a trabajar para que sus influencias no me alcanzaran”. Como su título de docente ya estaba registrado fue a ver a su tío “Beto”, hermano menor de su papá, que era inspector de la Nación y que estaba en Félix de Azara y Santa Fe.

“Me quiero ir al monte, cuanto más lejos mejor, para no discutir con papá cada vez que almorzamos. Mi tío lloraba de risa”, señaló. Lo hizo sentar en un banco y al mediodía le entregó su designación para la Escuela 117 de Puerto Mineral, en doble turno y con apenas 19 años. Allí se quedó todo el año pero fue convocado a prestar el servicio militar. Cuando salió, durante la primera baja, y ya en la casa, comenzaron otra vez los reproches. “Me muero pero a Corrientes no vuelvo”, fue la última decisión de “Coco”.

Pero ya no quería trabajar más para la Nación porque se demoraba mucho en cobrar. Tal es así que el sueldo del año 1962 lo terminó cobrando en julio de 1965. “Es una fecha de la que me acuerdo bien porque una semana después de cobrar los últimos pesos que me debían, me casé con una colega, Sara Zacarías”, una chaqueña de Presidencia de la Plaza a la que conoció en plena tarea docente. Admitió que en aquella época se trabajaba de manera diferente.

“En Provincia nadie iba al monte a trabajar con un cargo. Tenía que tener doble turno pero no te pagaban todos los meses. Demoraban dos o tres meses pero después se regularizaba. Pero al doble turno te lo pagaban en las vacaciones de julio y en las de diciembre. Y los sueldos eran tan malos como lo son ahora”, sostuvo entre risas, mate de por medio.

En 1964, le fue encomendada la creación de la Escuela 519 (ex 119) “Tomás Godoy Cruz”, de Arroyo Bonito, una colonia distante a unos seis kilómetros de Jardín América. “La que estuvo más tiempo en ese lugar fue mi señora porque en 1968 hice el curso de tres meses sobre escuelas de frontera en el Instituto Bernasconi, en Buenos Aires, y fui a trabajar a Barra Concepción”, en Concepción de la Sierra.

Lo designaron en la Escuela de Frontera 2, a 20 kilómetros del casco urbano compuesto por veinte casas, el establecimiento y la sección de Prefectura Naval, pero no era fácil llegar a destino. Había un tramo en el que caían “cuatro” gotas y se formaba un bañado de unos 300 metros. Más de una vez le tocó a “Coco” acompañar al director en la travesía, en short, alpargatas y el agua hasta la cintura, para traer la mercadería que don “Toto” Bogado les facilitaba porque “llevábamos nueve meses sin cobrar. Si teníamos de comer y algún peso en el bolsillo era porque él nos decía, ¿che, qué necesitan?”, recordó.

En Barra Concepción estuvo durante un año y medio. Vivía en la misma escuela pero un día le confió al telegrafista, Moreno La Rosa, que en ese lugar no se podía dormir porque si bien le habían asignado una pieza de material, “para entrar tengo que cortar los mosquitos a machetazos. Pasaba la noche a cachetada limpia. Entonces me sugirió que fuera a vivir a su rancho que tenía piso de tierra y techo de paja, pero no tenía mosquitos”, contó.

En esa zona no había posibilidades de trabajo para su esposa y para ir a visitar una vez al mes a su familia, que se había quedado en Arroyo Bonito, “tenía que esperar que Sara cobrara su sueldo y me hiciera un giro. Cuando llegaba el dinero Moreno sacudía el sobre y cantaba: ‘Coco’ se va a Jardín ‘Coco’ se va a Jardín”. Así, para quedarse unas siete horas junto a su esposa y a su hija mayor, tenía que viajar 12 horas para ir y otras 12 para volver. Para salir de Barra Concepción, aprovechaba el auto que llevaba la correspondencia. Una vez en el pueblo le pedía a “Toto” que le cambiara el giro y tomaba un colectivo que iba de San Javier a Apóstoles. Allí subía a otro que tenía como destino Posadas y, finalmente, uno a Jardín América. Al descender, había que recorrer los seis kilómetros hasta Arroyo Bonito.

Después que Sara viniera a Posadas para dar a luz a su segunda hija, “Coco” regresó con ella. “Me ofrecieron distintas escuelas pero con dos nenas chicas no podía meterme en cualquier parte”. Después buscaron a la familia con una camioneta y la llevaron hasta Santiago de Liniers, a 36 kilómetros de Eldorado. A Sara le gustó el lugar y decidieron quedarse. Por un año, disfrutaron de una casa que tenía agua con sistema de tanque. La Escuela 73 era de tercera, pero muy bien cuidada, “parecía salida de un libro de cuentos”. Tenía portero y juegos para niños. Pinos, rosas y césped. Después de tantos años de vivir en el monte y para emular aquellos años, “Coco” pobló su terreno de abundante verde y disfruta de ese gran espacio.

Cuando el futuro dispone

Al poco tiempo, concursó y ganó la Escuela 142 de Colonia Victoria y “donde estuve casi media hora”. Es que tenía la mudanza arriba del camión cuando recibió un radiograma policial diciendo que “bajara” a Posadas en forma urgente. La oferta era que tomara posesión del cargo en el Alto Paraná y “fuera a poner en línea, junto a otro docente, a la Escuela 579 “Fuerza Aérea Argentina”, que está al frente del barrio Islas Malvinas. Estuve un año haciéndome cargo de todo el trabajo didáctico y pedagógico del establecimiento”.

También, por cuatro años, fue docente en la escuela carcelaria pero para ello debió obtener una autorización especial de Institutos Penales. Luego pasó a ejercer el cargo de secretario técnico del Consejo de Educación donde se recibían los sumarios, “te tocaba vivir con lo peor de las pobres personas, algunas por sinvergüenzas y otras por tontas, por desconocer las reglamentaciones o no hacer lo que deben hacer cuando tienen que hacer”.

Después ascendió a inspector pero tras una intervención del Consejo y la llegada del correntino “Ricardo Marcos Martín, que efectuó cambios considerables, dejamos de ser inspectores para pasar a ser supervisores y supervisores de zona”. A “Coco” lo mandó a Eldorado donde estuvo solo todo el año con 156 escuelas a su cargo.

Profesor y alumno
Se dedicó a estudiar en el Instituto Montoya el profesorado de Ciencias Jurídicas, Políticas y Sociales. Cuando terminó ocupó cargos en la misma institución y en el profesorado de la Escuela Normal en la que se recibió de docente. El 31 de diciembre de 1988 se jubiló, y dio la bienvenida a 1989 comenzando a rendir abogacía en la Universidad Católica de Santa Fe (UCSF), que abrió la Sede Posadas “con quienes éramos profesores de ciencias jurídicas. Fuimos los conejillos de india.

Me recibí en seis años y tres meses, pero estuve casi dos años sin rendir materia porque me dio un surmenage (síndrome de fatiga crónica)”.

Es que al retomar los estudios, lo hizo con quienes eran sus alumnos en el Montoya, y tenían otro ritmo. “Un día leyendo un diario acá en casa, al finalizar un artículo corto no me acordaba ni lo que decía el título, y me asusté”. Fue al médico y el profesional le dijo que se olvidara por dos años de la carrera que continuó “para sacarme las ganas” y porque “era algo que me quedó pendiente”. Se dedica a una rama que, a su entender, “ningún abogado quiere ejercer, que es la administrativa. Es mucho trabajo y poco dinero. Cuando tuve mis problemas no encontré a un especialista que me defendiera. Entonces me dediqué a eso”.

Trabajar para tener dinero
Relató que su abuelo era un árabe “chinchudo” y siempre le remarcaba en su media lengua: “si quiere tener plata, trabaja; el que trabaja, siempre tiene plata. Y me enseñó a trabajar”. En la década del 50 los camiones de su abuelo eran los encargados de traer a Posadas los tambores de nafta y kerosene desde el puerto de Ituzaingó porque muchas veces los barcos no podían cruzar los Saltos de Apipé (donde se emplaza la represa de Yacyretá). Depositaban esos recipientes en la Agencia Ford, ubicada en Alvear y Buenos Aires. La casa del abuelo quedaba en Alvear y Rivadavia, y en el medio estaban los galpones donde quedaban los camiones. Cuando el sol empezaba a caer, todos estacionaban en el lugar. Cuando “Coco” tenía diez años le dijo: “Te voy a pagar, pero tenés de limpiar los faros, los vidrios, las ruedas y la carrocería. Eran 14, y a veces terminaba muy cansado”. También tenía la obligación de limpiar, al menos dos veces a la semana, las tres motos de un tío, y lustrar los zapatos del otro, que era oficial de Prefectura. “Los dejaba al lado de la puerta y cuando se levantaba de la siesta, debían estar en condiciones. Eran tus obligaciones, no hacía falta que te repitieran qué es lo que tenías que hacer..”, acotó.

Cocina de la abuela

“Coco” también incursionó de alguna manera en la gastronomía porque su abuela, Juana María Alderete de Bulos, hacía catering para el hidroavión y para la empresa naviera Cacciola Hermanos, que hacía el recorrido entre Posadas y Eldorado con lanchas automóviles.
“Muchos aprendieron a cocinar con ella y cuando mi tío ‘Pipito’ quedó sin trabajo puso el restaurante ‘El galeón’, que duró más de veinte años y estaba por calle Belgrano. Y yo con mi bicicleta salía a hacer los repartos”, contó.

Cuando estaba en cuarto año, junto a “Neco” López hacían de mozos al mediodía y después iban al colegio, a la Nº 1. “Con él éramos compinches desde que el Tokio se incendió y pasó a la calle Belgrano. Jugábamos juntos e hicimos juntos la secundaria. Somos amigos de los tiempos de los pantalones cortos, vivíamos a sólo tres cuadras de distancia. Cuando él puso su diario, me pidió que fuera columnista y escribí más de mil artículos. Son estos resúmenes aggiornados, con cosas agregadas, que volqué en los libros, con tapas hechas por mi hijo”, finalizó.