Violencia

Ánimos crispados, reacciones furibundas y códigos de respeto que son cosa del pasado. Un mal de época retroalimentado por quienes dicen combatirlo.

14/04/2019 15:18

Por Lic. Hernán Centurión

“Es malo usar la violencia, pero peor es no saber enfrentarla”, fue una frase de un famoso cultor de las artes marciales. La violencia en sí, en sus diferentes formas, atraviesa nuestra sociedad de forma cotidiana. Somos violentados o violentamos al entorno. Puede ser un impulso, un no contar hasta 10, la respuesta reaccionaria a realidades incómodas o a desafíos discursivos. Puede ser algo que ocurre a cientos o miles de kilómetros de distancia, pero al verla reflejada y ampliada en los diferentes medios de comunicación, es el mismo público el que se contagia, se indigna, pide justicia, la cárcel o la muerte misma de quienes los indignan.

La explosión de furia más reciente que recorrió el país, fue la del taxista porteño que por una discusión de tránsito hizo destrozos a un automóvil y hasta intentó atropellar a su conductor. El relato fue captado por un transeúnte que se puso a filmar cuando el trabajador del volante rompía el parabrisas, le daba patadas a la puerta y vomitaba insultos contra su ocasional “rival”. Pero este último tampoco se quedó atrás. Terminó siendo recíproco. Lo curioso es que el que filmó toda la escena recién pareció molestarse al final de todo, cuando el “tachero” provocó la colisión al llevar marcha atrás al taxi que conducía. -“Ehh, es una furia esto. ¡Están todos locos!”. Tuvo que casi ocurrir una tragedia para que el videasta reaccionara. Fue una clara señal de que la vara del nivel de aceptación de violencia está cada vez más alta. Prima el espectáculo.

Pero como sabemos la chispa no se apaga allí. A medida que el hecho llega a los portales de noticias los lectores vuelven a echar leña con comentarios cargados de violencia. Insultos, explicaciones reduccionistas, mafias, delincuencia y hasta la política se mete en el meollo. Es muy fácil ver que se echa la culpa a: los “K”, a los “cumpas”, a los “peronchos”, a las “Kukas”, pero también a: “ustedes que querían el cambio”, o a los “cambiemitas” (votantes PRO que fueron sodomizados por Cambiemos). Según los comentarios podría entenderse que las reacciones violentas tienen sus raíces en ambos gobiernos. “Estamos así porque la impunidad del kirchnerismo generó esto… bla bla bla”; “la gente está loca porque el Gobierno es el responsable de caldear los ánimos al subirle el precio a la comida, las tarifas…”, etcétera.

Aquellos que tienen los años suficientes y tuvieron la suerte de ver la vuelta de la democracia seguro recordarán que la sociedad argentina era otra. El radicalismo y el peronismo eran los partidos mayoritarios y entre sus adherentes simplemente había rivalidades. La polarización y la grieta llegó a la sociedad recién en la década pasada. Los sectores de poder (políticos principalmente) se lanzaron en una cruzada por cooptar las mentes de la ciudadanía. O estabas del lado del pueblo o eras antipueblo. Si es que alguna vez apareció alguien tratando de aunar criterios y sostener que en realidad éramos todos argentinos más allá de las banderías políticas, es evidente que no lo ha logrado. La violencia discursiva ayudó a aglutinar bandos de uno y otro lado. O estabas con los corruptos o a favor de los “vende patria”. Analizando esto a la distancia de los acontecimientos, de una u otra forma los líderes de ambos bandos tienen demasiadas cosas en común como para hablar de grieta.

No es acaso violencia que nos dijeran “estamos en el primer mundo” (Menem), “es mejor no contar la cantidad de pobres porque sería estigmatizarlos” (Kicillof), “aquí hay menos pobres que en Alemania… sí, sí, allá no la están pasando bien” (Aníbal Fernández). “Pasaron cosas”, “Este es el camino correcto, hay que aguantar” (Macri).

Perdón por la redundancia etaria, pero los que fueron a la escuela secundaria entre los 80 y los 90 recordarán el nivel de respeto que se tenía a los docentes. Actualmente ese código se ha roto, los que hoy enseñan en las escuelas y colegios saben muy bien de lo que hablo. El preceptor era querido o temido, pero nunca insultado o apuñalado por un alumno, como ocurrió hace pocas semanas en el CEP 6 de Garupá.

Y si de exalumnos hablamos, nadie puede negar que las peleas eran comunes en el recreo o a la salida, pero hasta en eso había códigos. Era el viejo “mano a mano” hasta que uno se rendía, no como ahora, que se agarran a trompadas 3 contra 1, por dar un ejemplo y al que se cae le patean la cabeza.

Antes era impensado que las alumnas se pelearan pero esto también se ha vuelto “común” para dirimir diferencias. ¿Qué pasó que se llegó a ese nivel de violencia? No nos dimos cuenta y de a poco se fue quebrando el nivel de respeto y tolerancia en todos los niveles de la sociedad. El tejido social está roto. Las instituciones que antes servían para cohesionar hoy fallan en el intento y eso está a la vista. Nadie cree en nada.

La violencia machista es algo que existe desde tiempos inmemoriales, las sociedades se forjaron culturalmente con la mujer en una posición inferior a la del hombre. El reclamo de igualdad en las relaciones interpersonales/sociales o la “rebeldía” de la mujer ante el parecer del hombre generó que hoy cotidianamente se conozcan casos de violencia de género. De los golpes de décadas atrás, se pasó a prenderlas fuego o asesinarlas.

En la lucha por la igualdad, desde hace más de 30 años que existe el Congreso Nacional de Mujeres. Lamentablemente estos encuentros no están exentos de violencia. Lo lleva a cabo un grupo reducido de mujeres. Lo hace de forma reaccionaria ante los valores del patriarcado. Algunos pensarán que es la única forma en la que se puede conseguir respeto, o que se paga a la sociedad patriarcal con la misma moneda. Lo que para algunos es violencia simbólica y efectiva de ese grupo reducido, dispara a su vez más violencia. Hay otras mujeres que están a favor de la lucha por los derechos de la mujer y no se sienten representadas por el grupo que provoca disturbios. Volvemos a las redes sociales y a los comentarios de las noticias. El rechazo a esas prácticas aparecen cargados de insultos contra las “rebeldes”, la violencia se retroalimenta y genera grieta donde debería haber unidad.

Hebe de Bonafini, personaje que si no es “el más relevante” de la Argentina, al menos es el más relevante de la política nacional, se apoya en la violencia discursiva para luchar contra el actual Gobierno. Resultan casi incontables las veces que tomó los micrófonos para pedir que “echen a patadas” a Macri de la Casa Rosada, que prueben las pistolas Tasser contra “la hija del presidente, los hijos de Vidal y los nietos de la Bullrich. Que les disparen a ver si no matan” (las pistolas eléctricas). Digna luchadora en la búsqueda de los hijos desaparecidos en los días de la dictadura, hoy apela a los epítetos y frases incendiarias contra los que no piensan como ellos o no son del kirchnerismo. Llegó a invitar a “quemar los campos de soja”. Mencionó que los del Gobierno de Cambiemos “eran tan asesinos como los milicos”. “Se cree que es un rey y es un reverendo sorete”, por Macri. Desde el 10 de diciembre de 2015 sentó una posición reaccionaria contra el nuevo Gobierno.

Algo parecido pero muy lejos en el tipo de lucha por el cambio que aspiraban, fue la pelea de las minorías afroamericanas de Estados Unidos. Dicen que si los negros hubieran hecho caso a la cita bíblica “si te pegan en una mejilla pon la otra”, todavía seguirían viviendo en esclavitud. Malcom X, uno de los líderes por los derechos civiles, estaba de acuerdo con, de ser necesario, usar la violencia en la lucha contra la segregación racial. Lo cierto que esta idea hay que contextualizarla en esa época, los años ‘60. Ellos buscaban cambiar de raíz el sometimiento de los blancos hacia ellos. En sentido contrario, la lucha radical que plantea Bonafini se diluye por el nivel de violencia con la que la plantea. Sobre todo porque el dilema se resuelve en las urnas. No hace falta tomar por asalto nada ni incendiar a nadie.

La violencia está también institucionalizada, porque violento es un Gobierno que con sus políticas económicas empeora las condiciones de vida, pero también es violento un Gobierno con funcionarios que se vuelven millonarios y se blindan los bolsillos contra las crisis con dinero del Estado, “porque sin plata no se hace política”.

Violento es también el ciudadano que estaciona en una rampa para discapacitados y el que maneja alcoholizado o drogado.

Violento puede ser este texto, si provoca rechazo porque las ideas planteadas generan incomodidad.

Palabras más palabras menos, “la violencia es la continuación de la política por otros medios”. Pocos resisten enfrentar la violencia sin violencia. Se volvió una adicción, un mal de época, un remedio amargo que no cura.