Danza que llena el alma

Soraya Lovisolo es profesora superior de danzas. Comenzó a los cinco años por prescripción médica y, aunque lo pensó, no se detuvo.

13/01/2019 09:41

Asegura que ama lo que hace, pero es lo que perciben los espectadores cuando suben al escenario las alumnas de su academia, que celebró sus Bodas de Plata. Desde hace cinco temporadas implementó una función solidaria para ayudar a familias que tienen a algún hijo internado.

En septiembre, desde hace cinco años, la profesora Soraya Lovisolo se propuso realizar un evento solidario con las alumnas de su academia de danzas a beneficio de familias que tienen algún integrante con problemas de salud. No fue un propósito que se le ocurrió de manera fortuita. Un accidente doméstico que involucró a su pequeña hija fue el desencadenante de la iniciativa. Junto a su familia, la joven madre debió atravesar momentos muy duros esperando la evolución de la niña. Y esa misma vivencia amarga que experimentó en carne propia, la visibilizó en muchos otros padres que aguardaban noticias sobre sus chicos internados en terapia intensiva. Al salir del trance pensó que era el momento de actuar.

El accidente sucedió en enero y, en marzo, cuando se iniciaron las clases en el Instituto Privado de Danzas “Jardín América” buscó la forma para ayudar a personas que atraviesan la misma situación. “Si bien no le solucionás la vida, la podés aliviar. Al menos, de esta manera, cuentan con un poquito de ingresos para estar más tranquilos cuando todo alrededor se vuelve complicado”, señaló la mentora de la academia, que cumplió 25 años de trayectoria.

Contó que la idea surgió a partir que tuvieron un problema con Helena, su hija que sufrió un accidente doméstico y estuvo internada en grave estado. “Pasamos muchos días acompañándola mientras estaba en terapia intensiva. En ese tiempo vimos que hay muchos chicos con problemas graves de salud y nos dimos cuenta de las necesidades que tienen sus padres. Fue un momento en el que ni mi esposo (Enzo Mantay) ni yo podíamos trabajar, teníamos que estar todo el tiempo con ella, además de otro hijo (Mateo) al que atender. Lo poco que teníamos ahorrado se nos fue todo”. Como el evento no podía llevarlo a cabo sola, empezó a hablar con el locutor, con los encargados del sonido, con las autoridades del club, y todos prestaron su colaboración. “La gente fue siempre súper solidaria, es impresionante. Participa mi escuela, invito a otros ballets, a todo tipo de artistas”, a fin que motive la concurrencia de la mayor cantidad de público. Lo recaudado es destinado solamente a familias que tienen algún miembro con problemas de salud (leucemia, cáncer en la columna). El dinero que se obtiene por la venta de las entradas es para una, y lo que se comercializa en la cantina, para otra. “Nosotros mismos nos ocupamos de chequear los casos. Vamos a ver si realmente tienen esa necesidad y cuál es el que tiene más urgencia. Me siento súper satisfecha porque se alivia un montón. Lo vamos a seguir haciendo porque cada vez la gente asiste más, los artistas se suman y quieren colaborar. Y siempre sale excelente porque la comunidad responde”, añadió.

Lovisolo incursionó en esta disciplina a los cinco años porque tenía pies planos graves y el doctor le sugirió a su mamá, Elba Añais, que Soraya hiciera danza clásica “porque me iba hacer bien”. Empezó con Griselda Fachinello y continuó con otras docentes. “Si bien era muy chica, empecé a trabajar a los catorce pero seguí estudiando. Continué con una profesora que es mi maestra: María Elena Markendorff, quien desde hace 25 años sigue dictando seminarios en mi instituto y es la profesora examinadora”, acotó emocionada quien a los diez años le ayudaba a marcar coreografías a su profesora.

Apenas surgió la idea de poder trabajar en lo que le gustaba, su mamá le cedió el salón sobre la calle Venezuela en el que continúa dando clases. En ese espacio funcionaba su negocio, que recién había inaugurado, “pero cuando le dije que quería trabajar, no lo pensó, retiró todas sus cosas y se mudó a una edificación más pequeña. Me dejó todo el resto, que es un espacio que hasta el día de hoy me sirve a la perfección”.

Destacó el apoyo de sus padres, Elba y Juan Carlos (ya fallecido) y de su hermana Marisa, “que me acompañaron siempre y que dentro de sus posibilidades hacían todo” para que Soraya se luciera y saliera adelante. “Mamá me llevaba a Buenos Aires o a donde fuera para que pudiera perfeccionarme, hacía lo que estaba a su alcance. Hasta hoy me siguen acompañando y ayudando en todo”. Celebró el hecho de haber llegado al centenar de alumnas. “Es un trabajo difícil pero cada año nos vamos superando, tratando de perfeccionarme, pero también lo hacen ellas. Quiero que vean que hay un mundo más grande que no sólo yo conozco sino que hay gente que sabe más. Trato de traer a bailarines profesionales, maestros, para que compartan sus experiencias y las enriquezcan con sus técnicas. Hace un tiempo nos visitó Gabo Usandivaras, Jorgito Moliniers, Joel Ledesma”. Y en lo que respecta al tango -una pasión heredada de su padre-, “desde hace más de quince años trabajamos con el maestro Luis Marinoni”.

Lovisolo se siente feliz haciendo danza. “Muchas veces pensé que ya había llegado el momento de dejar. Cuando tenía a los chicos pensaba que no iba a poder seguir, pero no. Ellos entendieron que ese es mi trabajo, me acompañan, apoyan, me ayudan en todo y están felices. Estoy contenta porque veo que esto cada vez crece más, que terminan las clases y ya me preguntan cuando comienzan las próximas. Es hermoso ver con qué alegría entran a cada clase. Eso te llena el alma”.
Admitió que siempre tuvo facilidad de hacer coreografías. “El bailarín solamente baila y debe preocuparse por la técnica, pero el profesor tiene que tener mucha imaginación y yo estoy súper agradecida a Dios porque nunca me faltó. Me pregunto qué haré el año que viene pero las ideas siempre surgen. La cabeza no para nunca”.