Pepe Bandendorpe, “tener proyectos significa estar vivo”

Fue por muchos años docente “de monte” en las colonias de Jardín América y supervisor zonal por diez años. Después de jubilarse quiso experimentar lo que implicaba transcurrir el ambiente universitario y siguió la carrera de Abogacía en la UNNE. Un problema auditivo le impide ejercer la profesión pero asegura que su meta es el doctorado.

30/12/2018 14:02


José Bernardo “Pepe” Bandendorpe (72) cree en los proyectos como una manifestación de vida. “Tenerlos significa estar vivo, seguir caminando. Mientras tengas uno e intentás concretarlo, estás caminando. El día que no lo tengas, estás abajo”, manifestó este exdocente al explicar porqué decidió, una vez jubilado, adentrarse en el mundo de las leyes. “Lo de Abogacía surgió como un proyecto para seguir caminando”, añadió quien concluyó la carrera en diciembre de 2017 y aguarda recibir el título para poder iniciar el doctorado.

Autodenominado “maestro de monte”, nació en la localidad de San Ignacio, donde el suyo es un apellido tradicional -llegados de Francia, superan los 120 años de presencia en ese municipio- pero con una diferencia de consonantes -escriben con V- por un error de las autoridades al momento que su padre, Ubaldo, fuera inscripto en el Registro de las Personas.

En 1970 llegó con su guardapolvo blanco a Primavera, una colonia distante a unos 20 kilómetros del casco urbano de Jardín América, donde permaneció por unos 20 años. Después se vino un poco más cerca, a colonia Sol de Mayo, hasta que comenzaron los ascensos. “Ascendí a escuela de primera categoría en Eldorado y, al año, a supervisor. Justo coincidió que aquí se creó una Supervisión Zonal, que ya no existe. Estuve al frente por casi diez años. Era muy interesante la función que cumplía porque tenía autonomía, tenía capacidades de decisión, se podían resolver los problemas de la zona (trámites de traslados, creación de escuelas, creación de secciones de grado, nombramiento de docentes)”. Es decir, implicaba la parte administrativa completa más el control pedagógico. “Es algo que hacíamos todos los días, estábamos más cerca de las escuelas.

“Tras ocho años de noviazgo se casó con Susana Horodeski (73), una docente nacida en San Carlos, Corrientes, con quien daba clases en la escuela de Colonia Primavera.

Antiguamente las cosas funcionaban desde Posadas y las Supervisiones Zonales actuaban en el medio en el que se encontraban. No había necesidad de ir a hacer el trámite, esperar meses. Acá era al instante. Después de muchos años una ministra presentó un proyecto y se cerraron las supervisiones zonales. A esa altura ya estaba jubilado”, manifestó, quien participó de casi todos los censos de población de Jardín América, que en el primero, de 1970, contabilizó 1.500 habitantes. Pero su espíritu inquieto hizo que desde afuera del sistema siguiera en actividad. Una de ellas fue el dictado de cursos de perfeccionamiento para maestros y directores en toda la provincia. Además, realizó publicaciones, siempre atendiendo a la tarea que se hace dentro de la escuela. Para ello se especializó en legislación escolar de Misiones.

Ahora podía y lo hizo

Bandendorpe asegura que fueron muchas las motivaciones para seguir Abogacía, pero la más cercana fue “la de no tener nada que hacer. Cuando te acostumbrás a estar siempre en actividad y de golpe parás, te empezás a sentir mal. Tuve problemas de depresión, fui al médico y esas cosas, y me dijo empezá a trabajar en algo porque la cosa va mal”. Después hubo otras cosas. Quería ir a la universidad porque no había tenido esa oportunidad. “Hace 55 años no había las posibilidades actuales. Inclusive la universidad de Corrientes apenas se estaba organizando. Las rutas eran de ripio, no era fácil. Y para las de Córdoba, Buenos Aires, mi viejo no me podía bancar. Ahora podía y decidí hacerlo”, confió.

Su hija Yanina estaba estudiando en Corrientes. Por ende, había un departamento que se alquilaba y “se hacía fácil porque había que ir a verla. Y yo tenía la voluntad y la fuerza para hacerlo. Comencé a estudiar y me di cuenta que esto todavía funcionaba”, acotó, señalando la cabeza con el dedo índice.
Empezó a viajar durante un año, otro y otro, y “me daba cuenta que podía e iba empujando para adelante. No era tan difícil. Pero hace tres años tuve un problema en la columna cervical que me afectó el oído, el equilibrio, me ocasionó mareos, y se complicó porque me convertí en un discapacitado absoluto”. Pero había que seguir adelante. Lo que encontró en la universidad, en esa situación, fue la “tremenda solidaridad” de sus compañeros. En la primera clase ya se formó a su alrededor “un grupito de chicos. Si el profesor decía la próxima no vengan porque no voy a estar, alguien me pasaba un papelito. Al punto que implementé un block que tenía en el pupitre y pasaban y me dejaban anotado algo. O me mandaban mensajes por computadora. Tuve el respaldo total de un grupo de chicos que me sostenían”. Admitió que no tenía problemas “en sentarme a estudiar, disponía de los materiales, pero necesitaba saber qué había que estudiar. Ellos me decían el profesor dijo que tal o cual libro. Fue así que disfruté de la facultad, de la compañía de los chicos, del respaldo, de la solidaridad”. Pasado el año de recibido continúa cultivando “una cantidad enorme de amigos con los que nos seguimos escribiendo”, aseguró quien desde muy joven militó en el cooperativismo de crédito.

Ejercer se complica por el tema auditivo. Pero aunque tuvo ofertas laborales, eso no está en sus planes. “Estoy apuntando al doctorado. No empecé porque tengo que presentar el título original. Mientras no llegue, no puedo hacer nada”.