Lindolfo Camargo, “el Picapiedras”

“En aquella esquina, doble dos cuadras a la derecha, seguro está sentado en el frente”. Así de sencillo es ubicar a Lindolfo Camargo tras finalizar el recorrido de la ruta provincial 204. Es que todo pueblo sabe de él.

10/12/2018 09:13

Gentileza G. Spaciuk

Es a quien acudieron cuando hallar agua bajo las gruesas capas de piedra de la Zona Sur de la provincia auguraban un imposible y es quien aún buscan para “curar el ojeo, el susto o un empacho”.

Y, efectivamente, don Camargo estaba, sonriente, sobre su silla de ruedas en la puerta de su vivienda, una humilde casita de madera. Una palabra bastó para que de su boca fluyan historias a borbotones.

“Siempre hice trabajos pesados, no sé leer ni escribir, entonces hacía pozos de agua, para la luz, para la antena, siempre con martillo y punzones, acá es zona de piedra, entonces me apodaron ‘Picapiedras’, ‘el famoso Picapiedras’”, confió.

Y agregó que además de la labor que desempeñaba en la chacra, hizo trabajos para EMSA y para la Municipalidad local y vecinas, por eso sus habilidades se conocen también en Fachinal y hasta en Tacuaruzú.

“Los municipales hacían donde había tierra, cuando aparecía piedra, dejaban y me venían a buscar, todo lo difícil siempre me tocaba a mí”, reconoció sin ningún ánimo de ostentar y admitió que hace poco tiempo un diputado se acercó para darle la noticia de que evaluaban construirle un monumento.

“No sé qué van a hacer, una figura, ahí sentado seguramente, pero que sea como la de San Martín, me van a tener que colocar una piedra delante, un barral en una mano y la maza en la otra. Pero yo no necesito eso, necesito otras cosas”.

Aunque martillo y punzón no supieron ser las únicas herramientas con que Camargo trabajó. También pasaron dinamitas por sus manos.

“Aprendí solo, pero nunca hubo peligro porque cortaba el camino con una ropa, una camisa o algo rojo, cien metros de cada lado, gritaba que nadie pase, ni a pie, ni a caballo, tampoco en auto, cerca de casas sólo una vez tiré, pero cargué una estiba de postes de urunday y planchones, entonces no salta escoria, que de otra forma alcanza los cien metros hacia arriba”, recordó.

Como gran parte de la tierra colorada, en esta región las leyendas de tesoros enterrados están en boca de todos, sin embargo, a pesar de tantos años cavando, él nunca encontró uno y entre risas reveló que “es lo que siempre busqué, pero el que tiene nunca va a encontrar, hay que ver donde se levanta fuego, ahí está el oro”.

 

Tocado por la mano de Dios

Don Lindolfo es también un “rabdomante”. “Rabdomancia” proviene del griego ‘rhabdos, vara’ y ‘manteia, adivinación’, término acuñado en 1785 término para describir una actividad “pseudocientífica que se basa en la afirmación de que los estímulos eléctricos, electromagnéticos, magnetismos y radiaciones de un cuerpo emisor pueden ser percibidos y, en ocasiones, manejados por una persona por medio de artefactos sencillos mantenidos en suspensión inestable como o una horquilla que amplifica la capacidad de magnetorrecepción del ser humano”. Es decir, es capaz de descubrir agua debajo de la superficie con una horqueta.

Este don se lo “pasaron” hace muchos años. “Cuando era soldado, en Posadas, un sargento ayudante tenía un terreno donde un señor estaba haciendo un pozo, en aquella época era todo a mano y como era de la chacra me dijo si me animaba a ir a ayudar. Fui con la intención de aprender. Estaba trabajando y un momento el pocero, un hombre de 66 años, me tiró la soga y gritó, me prendí, subí y todo se desmoronó. Entonces hubo que buscar otro lugar, sacó una horqueta y se fue, tres metros más adelante, marcó. ‘Nueve metros y medio’, dijo.

“Y eso me dio curiosidad y empecé a preguntar. Como ya estaba viejo y cansado de tanto trabajar, me enseñó. Me dijo la oración que hay que decir, cómo medir el metraje, ir de sur a norte, de naciente a poniente”, memoró.

Fueron varios los años que pasaron hasta que pudo experimentar esta “habilidad”.

“Tenía 32 o 33 cuando me tocó hacerlo, primero para mí, la horqueta me marcó dos metros y ahí estuvo el agua, hasta la cantidad de piedra revela y, aunque la madera de cualquier árbol del monte es buena, el durazno es mejor, es exacto, también la mora”, añadió.

Contó además que este don y el de las curaciones se los pasó a su hijo.

“Los vencimientos son oraciones que se hacen para curar ojeo, susto, empacho, etc; hasta a larga distancia, desde Neuquén y otras provincia me llaman, Dios está en todos lados, sólo necesito el nombre y si es una herida en qué parte del cuerpo está. Aunque también mando a la gente al médico. Curar es un compromiso que uno hace, se hace con fe de alma y corazón y el único que lo va a llevar, cuando llegue la hora, es Dios”, remarcó e hizo hincapié en que su señora, que falleció hace más de una década, era aún mejor que él en esto.

 

“Malcriado” en Profundad

Camargo nació y se crió en este “paraje” del sur misionero. Tiene 77 años y aunque en varias oportunidades salió del pueblo, por trabajo, siempre volvió. Durante su vida transitó todos los altibajos de la zona.

La carencia de empresas y campos productivos condenó a muchos y a él mismo, a buscar oportunidades un poco más lejos. Aunque siempre encontró cómo generarse un ingreso.

“Hace tres años perdí la pierna (izquierda), dicen que fue el maldito cigarrillo, desde los trece fumaba, cuando el doctor me dijo, en el sanatorio, tenía un paquete y medio, se lo dí a mi hijo y le pedí que lo tire, también la media gruesa que tenía en casa, dejé de fumar completamente”, dijo.

Y opinó que “si yo tuviera que decir le echaría la culpa a una espina de víbora que pisé, justo en mi dedito chico, estaba descalzo y me hincó algo que saqué con un cuchillo. Pero eso fue avanzando, el pie fue quedando como una esponja y negro, iba subiendo, parecía un bicho que mordía”. Tanto fue el dolor que le suplicó que “la saque nomás, no podía seguir así”.

De todas formas, vive solo, “me arreglo, me baño, me lavo la ropa, cocino, mi hijastra me ayuda con las cosas de la casa”, apuntó el vecino de Profundidad que desde pequeño supo de trabajos pesados, pues con sólo ocho años ya tenía buena experiencia con la “troceadora, mi papá me decía ‘negro compadrón’, porque hacía cantar la sierra. Antes debíamos colaborar desde pequeños, eso no estaba mal”, juzgó.