Un servidor, Enrique Reinaldo Ovando

El 1 de julio de 1980 ingresó a la Policía de Misiones. La fuerza fue su vida, por lo que nunca se retiró, una vez que llegó la edad de apartarse optó por colaborar con los retirados y pensionados en cuestiones administrativas.

02/12/2018 15:41


“Una vida al servicio de la comunidad”, así, literalmente, es la de Enrique Reinaldo Ovando. El 1 de julio de 1980 ingresó a la Policía de Misiones. Aunque los años lo pasaron a retiro, nunca se alejó.

Es que su vida gira en torno a las necesidades de la sociedad. Desde colaborar con un trámite, ser parte de una comisión vecinal o llenar de ilusiones a los niños en Navidad escondido en un traje de Papá Noel.

“La policía para mí fue tener el honor de servir, con ganas de ayudar, compartir con el semejante alegrías, llantos, sacrificios, también a veces situaciones difíciles y, en segundo plano, una salida laboral”, confesó Ovando.

Y recordó que “ingresé el 1 de julio de 1980, me retiré el 1 de agosto de 2006, digo me retiré aunque nunca lo hice ni quiero, siempre estoy con alguna actividad, ayudando a los retirados, a los pensionados, a quienes tienen algún problema previsional, incluso soy delegado de la Jefatura de Policía en la UR-IX, en estos últimos doce años continúo aún con servicios a la comunidad”.

“Mi casa es prácticamente un destacamento y lo digo con mucho orgullo, durante las 24 horas hay gente que me hace consultas de cuestiones en general, además estoy en el foro de seguridad barrial, que prácticamente lo inicié, primero fue Itatí y luego abarqué siete barrios juntos, entonces en forma anónima la gente me comenta, me dice cosas que van pasando y yo me hago cargo con una investigación propia”, subrayó el suboficial principal.

E hizo hincapié en que “la sociedad no cambia, te ayuda, a mí me ayudó mucho, en las informaciones, en los gastos, el cambio que encuentro con la actualidad es que yo anduve en bicicleta, trabajé a caballo, a pie, a dedo, así nos movíamos cuando íbamos a hacer citaciones o incluso por algún siniestro, no había Internet, no había WhatsApp, no había nada, sólo la radio del móvil conectada a la central de la unidad”.

“El 80% del trabajo era a pie, en grupos de cuatro o cinco y no era que caminábamos al acecho, sino que llegábamos a las casas, a veces veía que el tendal estaba cargado con ropa que se habían olvidado, golpeaba las manos y avisaba, o que la bicicleta había quedado afuera, para no dejar a mano, para no hacerla fácil a quien se lo pudiera querer llevar, entrevistábamos a los vecinos, nos interiorizábamos de la situación de cada familia, nos integrábamos a la sociedad y eso hasta hoy me vale porque puedo caminar por Jardín América, por alrededores e incluso por la provincia con el orgullo del deber cumplido”, memoró.

Por supuesto, el viejo Torino (una máquina en aquel entonces) también estuvo en su recuerdo. “Era un patrullero de lujo, nunca fallaba, nosotros mismos íbamos al taller, ayudábamos a repararlo, lo dejábamos en condiciones al entrar y al salir de la guardia”, mencionó y apuntó que por entonces “había que estar quince minutos antes de entrar a la guardia, antes del horario, para la formación, nos revisaban si teníamos todo, las municiones, el arma en condiciones, la libreta, el silbato, hasta nos interiorizábamos de la efeméride del día”.

Obviamente que se extraña, se echa de menos, “la labor, el horario en que me encontraba dispuesto para el amigo y el trabajo, también la comunión entre policías, éramos como hermanos, nos ayudábamos mucho, nos cubríamos ante cualquier eventualidad, cuando alguien tenía algún problema organizábamos eventos, nos servíamos de contención en casos difíciles, pasé mil cosas en la comisaría de Jardín América donde trabajé 22 años y medio, con mucho orgullo puedo decir que mi figura está estampada en sus paredes”, confió.

“Mi familia tuvo que hacer un ‘curso aparte’ para contenerme en casa, cuando dejé de trabajar para mí se paró el reloj, desde el instante en que entregué mi uniforme y todo mi equipo para mí el tiempo se detuvo, tengo mucha contención de mi esposa y mi hijo”, reconoció y aseguró que “cuando nos retiramos tenemos más mañas que cuando vamos a ingresar porque tenemos muchas cosas que a veces la familia no pasaba con nosotros, se extraña mucho la labor, pero gracias a Dios estoy, tengo 62 años, doce de retiro, pero sirviendo a la comunidad, y con ganas de volver, si me convocan para la oficina, para atención al público, estoy con todas las ganas para atender al semejante”.

“Una fiesta en paz, con amor, en familia”, deseó Ovando y recordó que “estoy siempre a disposición de la comunidad”.

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